—Viva la salubridad.
—Arriba está bien.
Subieron dos pisos. En el rellano vio dos puertas abiertas.
—Pasa, Alian.
Entró.
No había luz, pero uno de ellos llevaba una linterna. Aquello era una pocilga.
—Tíos, no pensaba que fuerais pordioseros.
—La cocina está bien.
Se dirigieron a la cocina, donde sólo había una silla de madera con el tapizado hecho trizas. Se sentó en lo que quedaba del suelo de linóleo. Se estaba despejando rápido, pero no lo necesario.
Le levantaron de un tirón y lo sentaron en la silla. Oyó el chasquido del rollo de la cinta adhesiva con que le ataban a la silla con varias vueltas. También la cabeza y la boca y luego las piernas hasta los tobillos. Intentó gritar, pero la cinta adhesiva le amordazaba. Sintió un golpe en un lado de la cabeza que por un momento le dejó aturdido. Dolía como si se hubiera golpeado con una viga. Todo le daba vueltas.
— ¿No parece una momia?
—Uy, y dentro de nada verás cómo llama a su mamá.
Tenía en el suelo, ante él, la bolsa Adidas abierta.
—Bueno —anunció uno de ellos—, voy a coger mis trastos de deporte.
Alicates, martillo, grapadora automática, destornillador eléctrico y una sierra.
El sudor le caía sobre los ojos y le nublaba la visión. Sabía lo que le iba a suceder pero sin acabar de creérselo. Los dos tipos, sin decir palabra, estiraron un trozo de plástico grueso en el suelo. Le pusieron encima. Él se retorcía, con los ojos cerrados, incapaz de gritar; trataba de romper las ligaduras. Al abrirlos vio en primer plano una bolsa de plástico transparente que le embutieron en la cabeza, sujetándosela alrededor del cuello con cinta adhesiva. Respiró por la nariz y la bolsa se contrajo. Uno de ellos cogió la sierra, pero volvió a dejarla en el suelo y optó por el martillo.
Sin saber cómo, impulsado por el terror, Alian Mitchison se irguió atado a la silla. A dos pasos de él estaba la ventana de la cocina, de la que no quedaba más que el marco y fragmentos de los cristales. Vio que los dos tipos estaban distraídos con las herramientas, y como una exhalación se lanzó hacia la ventana.
No se asomaron a ver cómo caía. Recogieron el instrumental e hicieron un paquete apresuradamente con el plástico para guardarlo todo en la bolsa y cerrar la cremallera.
— ¿Por qué tengo que ser yo? —preguntó Rebus al entrar en el despacho.
—Porque es nuevo y lleva poco tiempo aquí para haberse hecho enemigos en el barrio —dijo su jefe.
«Y porque no ha localizado a Maclay o a Bain», podría haber añadido él.
Un vecino que había sacado a pasear a un galgo presentó la denuncia.
—Se tiran muchas cosas a la calle, pero esto ya es...
Cuando Rebus llegó al lugar había un par de coches patrulla acordonando la zona, lo que no había impedido una aglomeración de vecinos. Uno de ellos remedaba los gruñidos de un cerdo. Casi todos los pisos estaban abandonados en espera de la piqueta y habían realojado a los inquilinos, pero aún quedaba algún piso por desalojar. A Rebus no le apetecía demorarse mucho allí.