Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Sólo lo que dicen —mintió Rebus—. ¿Por qué?
—Porque quiero tenerlo todo bien atado antes de actuar.
—El problema con los soplones, Gill, es que no siempre puedes contar con una confirmación.
—Ya, pero otro puede darme su opinión.
— ¿Quieres que hable con él?
—John, pese a todos tus fallos...
—A los que debo mi fama.
—... eres buen psicólogo y conoces muy bien a los confidentes.
—Fue mi tema de reserva en el concurso Mastermind.
—Sólo quisiera que vieras si la cosa está clara. No quisiera echar toda la carne en el asador y abrir una investigación, disponiendo la vigilancia, intervención de teléfonos, o incluso una operación de cebo, para quedar en ridículo.
—Entendido. Pero ya sabes que, si no les informas, los de la brigada se cabrearán; ellos tienen el personal y la experiencia para una operación de ese tipo.
Gill volvió a clavar la mirada en John.
— ¿Desde cuándo estás a favor del reglamento?
—No se trata de mi posición. Soy la oveja negra de la jefatura territorial... y para ellos con una basta.
Les trajeron la cena y la mesa se llenó de bandejas y platos, más pan indio en unas obleas enormes. Se miraron como si ya no tuvieran tanto apetito.
—Otros dos —dijo Rebus, al tiempo que entregaba al camarero su vaso vacío. Y, dirigiéndose a Gill—: Bueno, explícame lo de Fergie.
—Es algo deslavazado. Se espera que llegue del norte droga consignada como antigüedades, para entregar luego a los traficantes.
—Que son...
Ella se encogió de hombros.
—McLure cree que son norteamericanos.
— ¿Quiénes, los vendedores?
—No, los compradores. Los vendedores son alemanes.
Rebus repasó mentalmente los principales compradores de Edimburgo sin que recordara ningún norteamericano.
—Sí, ya sé —dijo Gill, como si le hubiera leído el pensamiento.
— ¿Unos que quieren entrar en el negocio?
—McLure cree que el destino de la droga está mucho más al norte.
— ¿Dundee?
Afirmó con la cabeza.
—Y Aberdeen.
Otra vez Aberdeen. Dios, aquella ciudad se la tenía jurada.
— ¿Y Fergie qué pinta aquí?
—Con una de sus subastas sería la tapadera ideal.
— ¿Y ha aceptado?
Asintió de nuevo. Mordisqueó un trozo de pollo y mojó una oblea en la salsa. Rebus contempló su modo de comer y recordó detalles de su persona: la manera de mover involuntariamente las orejas al masticar, el destello de los ojos al examinar la variedad de platos, el modo de frotarse al final los dedos... Aparte de unas arrugas en el cuello, y que tal vez se tiñera las raíces, estaba estupenda.
— ¿Por qué lo dices?
— ¿No te ha contado algo más?
—Que tiene miedo a esos traficantes; demasiado miedo para decirles que le olviden. Pero lo que no querría es que interceptáramos la operación y le encarcelemos a él por cómplice. Por eso da el soplo.