Back Black & Blue
Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Ambas —respondió ella, pero se interrumpió al llegar el camarero, quien miró desconcertado al advertir algo raro hasta detener la mirada en el altavoz silenciado.

—Tiene fácil arreglo —les comentó, pero ellos negaron con la cabeza y se enfrascaron en la carta.

El camarero tomó nota y Rebus alzó la copa.

—Slainte.

—Salud —dijo ella.

Dio un sorbo y exhaló un suspiro.

—Bueno —dijo Rebus—, una vez hechos los cumplidos..., al grano.

— ¿Sabes cuántas inspectores jefe hay en la policía escocesa?

—Podrían contarse con los dedos de una mano.

—Exacto. —Gill hizo una pausa y recolocó sus cubiertos—. No quiero fastidiar.

— ¿Y quién lo quiere?

Ella le miró y sonrió. Rebus: un auténtico cenizo donde los hubiera, una vida llena de meteduras de pata y más difícil de enmendar que una grabación de ocho pistas.

—De acuerdo —admitió él—, me llevo la palma.

—Y eso cuenta a tu favor.

—No —replicó sacudiendo la cabeza—, porque sigo cagándola.

—John, yo llevo cinco meses sin conseguir una buena captura —dijo ella con una sonrisa.

—Y ahora las cosas van a cambiar, ¿eh?

—No lo sé —añadió ella—. Me han pasado una información sobre un asunto de drogas... Un jefazo.

—Que según el reglamento deberías trasladar a la Brigada de Investigación Criminal de Escocia.

Gill clavó la vista en él.

— ¿Y que esos cabronazos gandules se apunten el mérito? Vamos, John.

—En cualquier caso, nunca he sido muy partidario del reglamento... —No quería que Gill la cagara. Sentía que era algo importante para ella; quizá muy importante. Necesitaba orientación, como le había sucedido a él con Spaven—. Bien, ¿quién te pasó la información?

—Fergus McLure.

— ¿Feardie Fergie? —dijo Rebus, con los labios fruncidos—. ¿No era confidente de Flower?

Gill asintió con la cabeza.

—Yo me quedé la lista de Flower cuando lo trasladaron.

—Joder, ¿cuántas cosas te sacó a ti?

—Es igual.

—La mayoría de las confidencias de Flower son de lo peorcito del sector soplones.

—Sea lo que fuere, me dio su lista.

—Feardie Fergie, ¿eh?

Fergus McLure se había pasado media vida de clínica en clínica porque tenía los nervios hechos trizas; lo más fuerte que bebía era Ovomaltina y, como espectador, lo que más le excitaba eran los concursos de animales de compañía. Su botiquín contribuía en gran parte a los beneficios de la industria farmacéutica inglesa. Aparte de ello, dirigía un modesto imperio casi legal: joyero de profesión, vendía también alfombras persas con alguna tara que liquidaba en subastas. Vivía en Ratho, un pueblo de las afueras. Se sabía que era homosexual, pero llevaba una vida discreta, no como algunos jueces que Rebus conocía.

Gill mordisqueó el pan indio y lo untó de salsa picante.

— ¿Cuál es el problema? —inquirió Rebus.

— ¿Conoces bien a Fergus McLure?