Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Devolverle el co... coche. Del aeropuerto. —Rebus le seguía mirando exigiendo más explicaciones—. Los limpiamos y todo eso. Si dejan un coche en un sitio y piden que se lo llevemos a casa lo hacemos. ¡Alquiler de coches Sinclair..., puede comprobarlo!
Rebus estiró el brazo y le ayudó a levantarse.
—Sólo he llamado para preguntar si quería que lo metiera dentro —añadió el muchacho, blanco como el papel.
—Déjalo ahí —dijo Rebus intentando dominar su temblor.
En ese momento llegó otro coche tocando el claxon.
—Vienen a recogerme —dijo el muchacho aún con cara de asustado.
— ¿Adónde ha ido el señor Slocum?
— ¿Quién?
—El dueño del coche.
El muchacho se encogió de hombros.
— ¿Y yo qué sé? —replicó dándole las llaves y alejándose de la casa—. No somos la Gestapo —espetó.
Rebus entregó las llaves a la mujer, que le miraba como exigiendo una explicación, pero él negó con la cabeza y se fue. Ella se quedó mirando las llaves.
— ¿Y qué voy a hacer yo con dos coches?
Pero Rebus ya no la oía.
Se lo contó a Grogan.
El inspector jefe estaba casi sobrio y... con ganas de irse a casa. Ya habían hablado con él los de la Brigada Criminal de Escocia y le habían dicho que al día siguiente se verían para hacerle unas preguntas sobre Ludovic Lumsden. Grogan le escuchó sin disimular su impaciencia y luego le preguntó qué pruebas tenía. Rebus se encogió de hombros. Podían citar que el coche de Slocum estaba cerca del escenario del crimen a altas horas de la noche; pero no más. Quizá los de la policía científica pudieran establecer alguna relación, pero ambos imaginaban que John Biblia era demasiado listo para haber dejado huellas. Estaba también la historia esbozada en la carta de Lawson Geddes —testimonio de un difunto— y la foto de Borneo. Pero todo eso no era nada si Ryan Slocum no confesaba que antes era Ray Sloane, que había vivido en Glasgow a finales de los sesenta y cuando era —y aún seguía siendo— John Biblia.
Pero Ryan Slocum había desaparecido.
Llamaron al aeropuerto Dyce, pero no constaba que hubiese tomado allí un avión, ni le habían visto taxistas ni agencias de alquiler de coches. ¿Había salido del país? ¿Dónde estaba el baúl? ¿Se escondía en algún hotel cercano esperando a que las cosas se calmaran?