Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—El problema habría sido conseguir el permiso de obra. No autorizan modificaciones en las casas. Se gasta uno una fortuna y no le dejan hacer cambios.
Alzó una tela que había encima de una de las maletas y le quitó el polvo. Parecía un mantel o una cortina; pero cuando se desplegó al sacudirla resultó ser una bandera negra con reborde rojo y un círculo blanco con la cruz gamada. Ella advirtió el gesto de estupefacción de Rebus.
—Él coleccionaba cosas de éstas —dijo mirando a su alrededor y frunciendo el ceño—. Qué raro.
— ¿El qué? —inquirió Rebus tragando saliva.
—Falta el baúl —respondió ella señalando un sitio en el suelo—. Ryan debe de haberlo cambiado de sitio.
Miró en derredor, pero era evidente que allí no había ningún baúl.
— ¿Un baúl?
—Una antigualla que tenía él de toda la vida. ¿Por qué se lo habrá llevado? O más bien, ¿cómo se lo habrá llevado?
— ¿A qué se refiere?
—Es que pesaba mucho. Lo tenía siempre cerrado y decía que estaba lleno de cosas viejas, recuerdos de antes de conocernos. Me había prometido enseñármelos algún día... ¿Cree que se lo habrá llevado?
Rebus volvió a tragar saliva.
—Cabe la posibilidad —contestó comenzando a bajar.
Johnny Biblia tenía una gran bolsa, pero John Biblia necesitaba un baúl. Comenzó a notar que se le revolvía el estómago.
—Todavía hay té —dijo ella cuando volvieron a la sala de estar.
—Gracias, pero tengo que irme.
Vio cómo ella trataba de ocultar su decepción. Era una crueldad que la única visita que recibes sea el policía que persigue a tu marido.
—Siento lo de Ryan —añadió y miró una última vez por la ventana.
Y allí estaba el BMW azul aparcado junto al bordillo.
Le saltó el corazón en el pecho. Y no se veía a nadie dentro del coche, ni cerca de la casa...
En ese momento sonó el timbre.
— ¿Ryan? —dijo la mujer yendo a abrir.
Pero Rebus la alcanzó y tiró de ella hacia atrás. Ella dio un chillido.
Rebus se llevó un dedo a los labios y le hizo seña de que no se moviese. Notaba una bola en la garganta, como si fuese a vomitar lo que había comido. Sentía electricidad en todo el cuerpo. Sonó otro timbrazo. Rebus suspiró hondo, se abalanzó sobre la puerta y la abrió de golpe.
En el umbral había un muchacho con cazadora y pantalones vaqueros, pelo en punta engominado y rostro lleno de acné. Con unas llaves de coche en la mano.
— ¿Dónde lo has encontrado? —vociferó Rebus y el muchacho retrocedió un paso perdiendo pie en el escalón—. ¿Dónde has encontrado el coche? —repitió ya fuera e inclinado sobre el joven.
—Mi trabajo —respondió—. Pa... parte del servicio.
— ¿Cuál?