Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
— ¿Ha encontrado usted algo? —preguntó ella sirviendo té en las tazas de porcelana.
Había una porción de tarta en un plato a juego.
—No —dijo Rebus y cogió la tarta que ella le ofrecía—. Gracias —añadió dirigiéndose otra vez a la ventana.
—Cuando se está casada con un vendedor —continuó ella— se acostumbra una a las ausencias, a tener que ir a fiestas y reuniones aburridas, a ser anfitriona de cenas con invitados con los que nada tiene en común.
—Fácil no debe de ser —comentó Rebus.
—Pero yo nunca me quejaba. Si lo hubiera hecho a lo mejor Ryan me habría prestado más atención. —Le miró a la cara—. ¿Seguro que no le ha pasado nada?
—Seguro que no, señora —respondió Rebus con su expresión más sincera.
—Yo sufro de los nervios, ¿sabe? Lo he probado todo, pastillas, infusiones, hipnosis... Pero si una es así no se puede hacer gran cosa, ¿no cree? Es algo congénito, una pequeña bomba de relojería... —añadió mirando en derredor—. Puede que sea por la casa, tan nueva; no puedo evitarlo.
Aldous Zane, el vidente, había vaticinado una casa moderna como aquélla...
—Señora —dijo Rebus sin dejar de mirar por la ventana—, tal vez le parezca una bobada y no puedo explicarlo, pero ¿podría echar un vistazo a la buhardilla?
Una cadena en el descansillo al final de la escalera. Al tirar de ella se abría una trampilla de la que descendían unos escalones de madera.
—Muy ingenioso —comentó Rebus al bajar mientras ella permanecía en el piso de abajo.
—El interruptor de la luz está a la derecha —dijo la señora Slocum.
Rebus asomó la cabeza como si fuese a recibir un martillazo y buscó a tientas la luz. Una simple bombilla iluminaba la buhardilla.
—Habíamos pensado habilitarla —le decía ella desde abajo—, pero ¿para qué? Nos sobra casa.
En la buhardilla había unos grados de temperatura menos que en el resto de la vivienda; prueba de la eficacia del aislamiento en la construcción actual. Rebus miró en derredor sin saber qué podía encontrar. ¿Qué había dicho Zane? Banderas: la de barras y estrellas y una nazi. Slocum había vivido en Estados Unidos y parecía fascinarle el Tercer Reich. Pero Zane había hablado también de un baúl en la buhardilla de la casa moderna. Bueno, allí baúl no había. Cajas de embalar, cajas con adornos de Navidad, un par de sillas rotas, una puerta extra y un par de maletas que sonaban a hueco...
—No subía aquí desde Navidades —oyó decir a Una Slocum y la ayudó a salvar los dos últimos escalones.
—Sí que es grande —dijo Rebus—. Comprendo que quisieran habilitarla.