Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—En Galveston, Texas. Ryan era ingeniero y yo trabajaba de secretaria en la misma empresa. El había emigrado de Escocia poco antes. Se notaba que echaba de menos su tierra, y yo sabía que acabaríamos viniendo aquí.
— ¿Cuánto tiempo hace que viven aquí?
—Cuatro años y medio.
Cuatro años y medio sin ningún asesinato. Tal vez John Biblia había abandonado su retiro para una faena concreta.
—... Por supuesto —añadió Una Slocum—, de vez en cuando vamos a ver a mis padres. Viven en Miami. Y Ryan va a Estados Unidos por negocios tres o cuatro veces al año.
Hombre de negocios: Rebus añadió un dato a lo que había pensado. O quizá no.
— ¿Suele ir a la iglesia, señora Slocum?
Ella se le quedó mirando.
—Cuando nos conocimos, sí. Luego dejó de hacerlo, pero últimamente ha vuelto a ir.
Rebus asintió con la cabeza.
— ¿Podría echar un vistazo? A lo mejor hay algún indicio de dónde ha ido.
—Pues... sí, supongo que sí. —Se oyó el clic del hervidor al desconectarse—. Voy a servir el té —añadió ella volviéndose para ir a la cocina, pero se detuvo y se dio la vuelta—. ¿A qué ha venido usted, inspector?
—Una investigación rutinaria, señora Slocum —contestó Rebus sonriendo—, relacionada con el trabajo de su esposo.
Ella asintió con la cabeza como si aquello lo explicase todo y se fue despacio a la cocina.
—El estudio de Ryan está a la izquierda —dijo desde allí.
Por allí empezó Rebus.
Era una estancia pequeña y los muebles y las estanterías llenas de libros contribuían a que así lo pareciera. Docenas de ellos sobre la Segunda Guerra Mundial ocupaban toda una pared. En el escritorio se veían muchos papeles ordenados del trabajo de
Slocum. En los cajones, más archivadores del trabajo y otros de impuestos, el seguro de vida y de la casa, la pensión. Una vida compartimentada. Había un pequeño aparato de radio que Rebus encendió. Radio Three. Lo apagó justo en el momento en que Una Slocum asomaba la cabeza por la puerta.
—El té está servido.
—Gracias.
—Ah, otra cosa: se ha llevado el ordenador.
— ¿El ordenador?
—Uno de esos portátiles. Lo utilizaba mucho. Se encerraba a trabajar, pero yo le oía teclear.
Había una llave por dentro y cuando ella salió Rebus cerró la puerta y echó la llave. Se volvió y trató de imaginarse aquella habitación como la guarida de un asesino. No podía. Era un simple despacho. Sin trofeos ni sitio para guardarlos. No había una maleta de recuerdos como los reunidos por Johnny Biblia. Ni capilla, ni libros con recortes siniestros. Ningún indicio de que aquella persona llevara una doble vida...
Abrió la puerta, fue al cuarto de estar y miró de nuevo por la ventana.