Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Él siempre me llama. En eso es muy cumplido.
Cumplido: extraño vocablo. La habitación tenía el aspecto de las que se limpian antes que se ensucien. Una Slocum debía de ser muy hacendosa. Preocupada, no cesaba de retorcer en sus manos el kleenex.
—Procure calmarse, señora Slocum. ¿Tiene algún tranquilizante?
Seguro que tenía algún fármaco a mano.
—Está en el baño. Pero no quiero tomarlo. Me atonta.
Al fondo del salón había una mesa de comedor de caoba y seis sillas ante una estantería de tres cuerpos con muñecas de porcelana e iluminación indirecta. Objetos de plata y ninguna foto familiar.
— ¿Quizás algún amigo podría...?
La señora Slocum se sentó y volvió a levantarse.
— ¿Quiere tomar un té, señor...?
—Rebus. Inspector Rebus. Sí, estupendo.
«Que haga algo y se entretenga.» La cocina era apenas más pequeña que la sala. Rebus echó un vistazo al jardín trasero. Allí sí que había valla y no era fácil que Ryan Slocum entrara en la casa sin ser visto. Rebus estaba atento a cualquier sonido de coches...
—Me ha dejado —dijo la mujer, deteniéndose en medio del cuarto con la tetera en una mano y el hervidor en la otra.
— ¿Por qué dice eso, señora Slocum?
—Falta una maleta... y ropa.
— ¿Y no será cuestión de negocios? ¿Algo urgente?
Ella negó con la cabeza.
—Habría dejado una nota o algo, un recado en el contestador.
— ¿Lo ha comprobado?
Ella asintió con la cabeza.
—He estado todo el día en Aberdeen, de compras y dando una vuelta, y cuando volví, no sé cómo decirle, encontré la casa distinta, más vacía. Me di cuenta enseguida.
— ¿Pero había insinuado algo de irse?
—No. —Intentó esbozar una sonrisa—. Pero una mujer casada lo sabe, inspector. Hay otra mujer.
— ¿Otra mujer?
Una Slocum asintió con la cabeza.
— ¿No es lo que pasa siempre? Últimamente ha estado tan..., no sé, distinto. De mal humor, distraído..., mucho tiempo fuera de casa, cuando yo sabía que no tenía reuniones de trabajo. —Subrayaba lo que decía con inclinaciones de cabeza—. Se ha marchado.
— ¿Y no tiene idea de dónde puede haber ido?
Negó con la cabeza.
—Donde esté ella.
Rebus volvió al salón y miró entre las cortinas pero no vio ningún BMW. Notó una mano en el brazo y se volvió sobresaltado. Era Una Slocum.
—Me ha dado un susto de muerte —dijo.
—Ryan siempre me reprocha lo silenciosa que soy. Es por la alfombra.
Metros y metros de Wilton de centímetro y medio.
— ¿Tienen ustedes hijos, señora Slocum?
Ella negó con la cabeza.
—Creo que a Ryan le habría gustado tener un hijo. Quizá por eso...
— ¿Cuánto tiempo llevan casados?
—Mucho. Quince años; casi dieciséis.
— ¿Dónde se conocieron?
Ella sonrió rememorando el pasado.