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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

John, de todo el retraso en la investigación iniciada con el Ejército tuvo la culpa Spaven. Si él hubiese colaborado, habría dado con Sloane antes de que hubiera tenido tiempo de largarse. Estoy seguro; lo sé. Habría podido cazarle. Pero, por el contrario, me quedé con las ganas, frustrado, y lo dije claramente. El jefe me apartó de la investigación y se acabó.

—Se te enfría el café —dijo Morton.

Rebus dio un trago y pasó la página.

O al menos hasta que Spaven volvió a aparecer en mi vida al trasladarse a Edimburgo casi al mismo tiempo que yo. Era como si me persiguiera y yo no le podía perdonar lo que me había hecho. Es más, a medida que pasaba el tiempo mayor era mi despecho. Por eso quise imputarle lo de Elsie Rhind. Lo confieso, a ti y a quien lea esta carta, que le tenía tantas ganas que era como una bola en el estómago, algo que sólo podía eliminar la cirugía. Cuando me dijeron que le dejara tranquilo, no hice caso. Cuando me aconsejaron que le eludiese, le busqué las vueltas. Le seguí, en mi tiempo libre, yendo tras sus pasos un día y otro. Estuve casi tres días sin dormir, pero valió la pena cuando un día le vi dirigirse a aquel garaje, un sitio que no conocíamos. Estaba eufórico, en la gloria. Por eso fui a toda prisa a tu casa y te arrastré al lugar. Tú me mencionaste lo de la orden de registro y te dije que no fueras idiota. Te presioné mucho, chantajeándote con la amistad; estaba enfebrecido y habría hecho cualquier cosa, y una de ellas fue transgredir el reglamento que ahora veo que entorpece a la policía y protege a los delincuentes. Así que entramos y vimos aquellos montones de cajas robadas en la fábrica de Queensferry. Y el bolso, que resultó ser de Elsie Rhind. Estuve a punto de caer de rodillas dando gracias a Dios.

Sé lo que pensaron muchos, tú incluido. Pensaron que lo había puesto yo. Bien, te juro en mi lecho de muerte (bueno, estoy escribiendo en una mesa) que no. Lo encontramos por las buenas, a pesar de que vulnerásemos el reglamento. Pero date cuenta de que esa prueba fundamental no habría sido admitida por haberla encontrado del modo que lo hicimos, que es por lo que te convencí —aunque tú te resistías— para que declarases la historia que inventé. ¿Si lo siento? Sí y no. Para ti ahora será muy molesto, John, y debe de haberte costado mucho haberlo tenido que asumir durante todos estos años. Pero capturamos al asesino y para mí —he pasado Dios sabe cuánto tiempo pensando en ello, reviviéndolo, rememorando mi forma de actuar— es lo que realmente importa.