Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Bueno, todo eso quedó atrás. Volví a Escocia, me hice policía y vivía feliz. Hasta que me vi arrastrado en el caso de John Biblia. Recordarás que no le llamamos John Biblia hasta mucho más tarde. Fue después de la tercera víctima cuando se supo el detalle de que citaba versículos de la Biblia. Y entonces la prensa le puso ese apodo. Bien, cuando se me ocurrió pensar en alguien que citaba la Biblia, estrangulador y violador, me acordé de Borneo. Fui a ver a mi jefe y se lo conté. Me dijo que era una coincidencia descabellada, pero que podía seguir la pista en mi tiempo libre si quería. Tú sabes, John, que me gustan los retos. Además, tenía pensado un atajo: Lenny Spaven. Sabía que había vuelto a Escocia y que tendría información sobre todos los que iban a la iglesia. Así que me puse en contacto con él, pero estaba peor que nunca y no quiso saber nada. Tú sabes que soy persistente y él se quejó de ello a mi jefe. Me advirtieron que me calmara, pero yo no estaba dispuesto. Sabía lo que quería y me constaba que Lenny tendría fotos de la época de Borneo, quizá con otros de los que iban a la iglesia, y quería enseñárselas a la mujer que había ido en el taxi con John Biblia. Quería comprobar si reconocía a alguno. Pero el maldito Spaven me ponía obstáculos para todo. Finalmente conseguí unas fotos. Me costó lo mío; tuve que hablar con el Ejército para localizar al cura de marras. Tardé semanas.
Rebus miró a Morton.
—Las fotos que nos enseñó Ancram —dijo.
Enseñamos las fotos a testigos oculares. Ten en cuenta que eran instantáneas de hacía ocho o nueve años y, además, no muy buenas, y algunas estaban estropeadas. La mujer dijo que no estaba segura y añadió que uno «se parecía a él», según sus propias palabras. Pero como dijo mi jefe, había centenares de hombres en todo el mundo que tenían cierto parecido físico con el asesino, y ya habíamos interrogado a muchos de ellos. Pero yo no acababa de quedarme contento. Conseguí averiguar el nombre del sospechoso; se llamaba Ray Sloane —un nombre muy poco frecuente— y no fue difícil localizarlo. Pero había desaparecido. Después de vivir en una habitación amueblada de Ayr y de trabajar fabricando herramientas, se había despedido hacía poco y nadie sabía adónde había ido. Yo estaba plenamente convencido de que podía ser el hombre que buscábamos, pero no logré convencer a mi jefe para hacer lo que fuese para dar con él.