Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Dos detalles me dieron la pista —siguió Rebus con voz tranquila—. Uno, ese apellido: Bruce, que es como decir Robert... para que adivine el sobrenombre cualquier estudiante de historia de Escocia. Al mayor Weir le apasiona la historia de Escocia; a su concesión petrolífera le puso nombre inspirándose en el de Bannockburn, que como sabemos ganó Robert Bruce. Bruce y Bannock. ¿No será que eligió ese apellido porque pensó que a él le irritaría?
—Ya lo creo que le irrita.
Sonrió un poco.
—Lo segundo fue el propio Mitch, una vez que supe que habían sido amigos. Jake Harley me ha dicho que Mitch sabía algo del Negrita; un secreto. Bien, Mitch sería ingenioso en muchos aspectos, pero no me lo imagino siguiendo la pista de un papeleo complicado. Él viajaba ligero de equipaje y no dejó rastro de notas ni nada parecido ni en su piso ni en su cuarto de la plataforma. Debió de enterarse por usted, ¿no? —Ella asintió con la cabeza—. Es usted quien tiene la suficiente rabia a T—Bird Oil para preocuparse por desentrañar ese laberinto. Y como eso nos consta... por la manifestación en su sede y el encadenamiento en Bannock ante las cámaras de televisión, yo pensé que era algo personal.
—Lo es.
— ¿El mayor Weir es su padre?
Su rostro se contrajo en una mueca de disgusto infantil.
—Sólo en el aspecto biológico. Pero aun así, si me consigue usted un trasplante genético seré la primera de la cola. ¿Mató él a Mitch? —concluyó con marcado acento norteamericano.
— ¿Usted lo cree?
—Me gustaría creerlo. —Miró a Rebus a los ojos—. Es decir, me gustaría creer que ha caído tan bajo.
— ¿Pero?
—Pero nada. Tal vez sí, tal vez no.
— ¿Tenía motivos?
—Claro. —Sin darse cuenta empezó a morderse las uñas—. Por lo del Negrita y el modo en que se echó tierra sobre la responsabilidad de T—Bird Oil... y ahora lo del hundimiento de la plataforma. Tenía motivos económicos de sobra.
— ¿Le amenazó Mitch con denunciarlo a los medios de comunicación?
Ella se retiró un trozo de uña de la lengua.
—No; creo que primero intentó chantajearle. Callárselo todo a cambio de que T—Bird eliminara Bannock de una manera ecológica.
— ¿Todo?
— ¿Cómo?
—Ha dicho callárselo «todo», como si hubiese algo más.
—No —replicó y negó con la cabeza sin mirarle.
—Joanna, le voy a hacer una pregunta: ¿por qué no acudió usted a los periódicos o intentó chantajear a su padre? ¿Por qué tuvo que ser Mitch?
—Él tenía agallas —contestó ella mientras se encogía de hombros.
— ¿Es cierto?
Volvió a encogerse de hombros.
— ¿Algo más?