Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Macho, macho, man —comenzó a tararear uno.
— ¿Qué quiere?
Una mujer se asomaba desde la parte superior de la puerta de un remolque blanco enganchado a un viejo Land Rover.
— ¿Hueles el tocino, Joanna? —dijo la guitarrista.
—Tengo que hablar con usted, Joanna —dijo Rebus dirigiéndose hacia el remolque—. Sobre Mitch.
— ¿De qué?
— ¿Por qué murió?
Joanna Bruce dirigió la vista hacia sus compañeros, vio que éstos miraban ahora a Rebus y abrió la parte inferior de la puerta.
—Será mejor que entren —dijo.
El remolque estaba abarrotado y no había calefacción. Tampoco televisor, sólo montones desordenados de revistas y periódicos, con artículos recortados, y en una mesa plegable, con asientos a ambos lados que se transformaban en cama, un ordenador portátil. De pie, la cabeza de Rebus tocaba el techo. Joanna apagó el ordenador y les señaló los asientos al tiempo que ella se sentaba sobre un montón de revistas.
—Bien —dijo cruzando los brazos—, ¿qué pasa?
—Ésa es exactamente mi pregunta —respondió Rebus. Señaló con la cabeza a espaldas de ella la pared donde había pinchadas fotos a guisa de decoración—. Fotos. —Ella volvió la cabeza para mirarlas—. Yo también he revelado unas cuantas.
Rebus explicó que si se trataba de las copias no estaban en el sobre de Mitch y ella le escuchó imperturbable sin manifestar ninguna emoción. Tenía los ojos pintados con kohl y, a la luz del farolillo, su pelo era rojo intenso. Durante medio minuto sólo se oyó el rumor de la llama de gas. Rebus le daba tiempo para que cambiase de idea, pero ella lo empleaba para oponer más obstáculos, entrecerrando los ojos con los labios apretados.
—Joanna Bruce —musitó Rebus—. Ha elegido un nombre interesante.
Ella abrió un poco la boca y volvió a cerrarla.
— ¿Joanna es su verdadero nombre de pila o también se lo cambió?
— ¿Qué quiere decir?
Rebus miró a Morton que estaba recostado, tratando de hacer el papel de visitante relajado para demostrarle a ella que no eran dos contra uno, y espetó:
—Su verdadero apellido es Weir.
— ¿Cómo... quién le ha dicho eso? —replicó ella en tono sarcástico.
—No hace falta que me lo dijese nadie. El mayor Weir tenía una hija, se pelearon y él la desheredó.
Y dijo que había sido un hijo; quizá por echar tierra al asunto. Según la fuente de información de Mairie.
«¡No la desheredó! ¡Ella se autodesheredó!»
Rebus se volvió hacia ella. Ahora estaba alterada y se aferraba tensa las rodillas.