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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

La carretera era una sucesión de curvas espantosas en pleno páramo con panorámicas costeras, y en medio de aquella desolación alguna aldea y muchas ovejas —a veces en la carretera— y algún que otro árbol. Morton tenía razón: el cielo era increíble. Forres les había dicho que en aquella época del año era «luz de fuego lento» en que nunca anochecía. Pero en invierno la luz diurna era todo un lujo. La gente que vivía a cientos de kilómetros de cualquier comodidad merecía un respeto. En la ciudad resultaba fácil ser un cazadorrecolector, pero aquí... No era un paisaje que inspirara conversación. Se les atascaba el diálogo en monosílabos y aun juntos en aquel coche a toda velocidad, parecían incomunicados. Rebus estaba convencido de que no hubiera podido vivir allí.

Tomaron un desvío a la izquierda en dirección a Brae y de pronto se encontraron en la costa oeste de la isla. No acababan de hacerse una idea exacta de cómo era. Forres era el único lugareño con quien habían hablado, y la arquitectura que habían visto en Lerwick era una mezcla de estilo escocés y escandinavo, una especie de Ikea moderno y ampuloso. Las granjas eran como las de todas las islas, pero en sus nombres se advertía la influencia escandinava. Al cruzar Burravoe antes de Brae, Rebus se dio cuenta de que se sentía más extranjero que nunca en su vida.

— ¿Hacia dónde vamos? —preguntó Morton.

—Un momento. La otra vez que estuve aquí entré por la dirección opuesta...

Rebus logró orientarse y finalmente encontraron la casa de Jake Harley y Briony. Los vecinos miraban el coche de policía como si nunca hubieran visto uno. Quizá fuese así. Llamaron a la puerta y nadie contestó. Rebus volvió a insistir más fuerte; sólo oyeron el eco. Echaron un vistazo por la ventana del cuarto de estar: estaba un poco desordenado. Desorden femenino dentro de un orden. Volvieron al coche.

—Trabaja en la piscina —dijo Rebus—. Vamos allá.

Fue fácil dar con la piscina de tejado metálico azul. Briony paseaba por el borde vigilando a los niños que jugaban. Llevaba el mismo atuendo de la vez anterior, camiseta sin mangas y pantalón de chándal, pero en esta ocasión calzaba zapatillas de tenis. Sin calcetines, lo cual era lógico en una socorrista. Tenía un silbato de árbitro colgado al cuello, pero los niños no alborotaban. Vio a Rebus y, al reconocerle, lanzó tres pitidos cortos; debía de ser una señal a otro empleado que ocupó su puesto junto a la piscina. Se acercó a ellos. Hacía una temperatura tropical, húmeda.

—Ya le dije que Jake no ha vuelto —dijo.

—Lo sé, y también que no estaba preocupada.