Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
— ¿Por qué iba a estarlo?
—Bueno, lleva fuera más de lo previsto. A lo mejor le ha sucedido algo.
—Está bien.
— ¿Cómo lo sabe?
Casi gritando:
— ¡Lo sé!
—Cálmese. Mire, ¿por qué no...?
— ¡Déjenos en paz!
Y colgó.
«Déjenos.» Rebus se quedó mirando el auricular.
—Se la oía desde aquí —dijo Morton—. Parece que empieza a ceder.
—Eso creo.
— ¿Tiene líos el novio?
—El novio tiene líos.
Colgó al ver que había una llamada.
—Inspector Rebus.
Era de recepción anunciando que acababa de llegar la primera visita.
Eve tenía casi el mismo aspecto que aquella noche en que él la había visto en el bar del hotel. Vestida de mujer de negocios con un traje sastre clásico y no rojo vampiresa; llevaba alhajas de oro en muñecas, dedos y cuello, y el mismo broche de oro sujetando por detrás su pelo teñido. Se puso el bolso bajo el brazo al prenderse en la solapa el pase de visita.
— ¿Quién es Madeleine Smith? —preguntó cuando subían la escalera.
—Saqué el nombre de un libro. Creo que era una asesina.
Ella lanzó a Rebus una mirada dura y divertida al mismo tiempo.
—Por aquí —dijo él conduciéndola hacia el cuarto de John Biblia donde esperaba Morton—. Jack Morton, Eve..., no sé su apellido. No es Toal, ¿verdad?
—Cudden —dijo ella con frialdad.
—Siéntese, señorita Cudden.
Tomó asiento y sacó del bolso un paquete de tabaco negro.
— ¿Les importa?
—En realidad, no se permite fumar —dijo Morton en tono de disculpa—. Y ni el inspector Rebus ni yo fumamos.
— ¿Desde cuándo? —replicó ella mirando a Rebus.
Él se encogió de hombros.
— ¿Y Stanley? —inquirió.
—Vendrá. Pensamos que era más prudente salir por separado.
— ¿Sospechará Tío Joe?
—Ése es nuestro problema, no el suyo. A Joe se le ha dicho que Malky está de juerga y yo he ido a visitar a una amiga. Es una buena amiga y no dirá nada.
Por su tono de voz Rebus comprendió que no era la primera vez que recurría a la supuesta amiga.
—Bien, me alegro de que haya llegado antes, porque quería hablar con usted a solas. —Se recostó en una mesa y cruzó los brazos para contener el temblor—. Aquella noche en el hotel, me estaba tendiendo una trampa, ¿verdad?
—Cuénteme lo que sabe.
— ¿De usted y Stanley?
—Malky. Detesto ese apodo —replicó ella y su rostro se ensombreció.
—Bien, Malky. ¿Lo que sé? Bueno, lo sé todo. Ustedes dos van al norte de vez en cuando por negocios de Tío Joe. Me imagino que hacen de mensajeros porque no tendrá muchos en quien confiar. —Pronunció la última palabra con retintín—. Gente que no comparta la habitación del hotel dejando la otra vacía. Gente que no le time.
— ¿Le timamos?