Back Black & Blue
Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Todos habían desaparecido. Sólo quedaba el cabrón de John Rebus. Y en él querían descargar el peso de sus conciencias. Pero nunca lo admitiría. Se negaba a ello. No sabía qué otra cosa podía hacer. Salvo beber. En ese momento necesitaba una copa desesperadamente. Pero no iba a tomársela. Aún no. Tal vez más tarde; ya vería. La gente moría y no se les podía devolver la vida. Algunos, de forma violenta, trágicamente jóvenes y sin saber por qué les había tocado a ellos. Se sentía rodeado de ausencias. Todos aquellos fantasmas... gritándole..., suplicándole..., chillando...

— ¿John?

Alzó la vista de la mesa. Jack Morton estaba a su lado con un café en una mano y un panecillo en la otra. Parpadeó; se le nublaba la vista y era como si viera a Jack entre calina.

—Dios, tío, ¿te encuentras bien?

Tenía los labios húmedos y casi moqueaba. Se limpió. También las fotos de la mesa estaban húmedas. Sabía que había estado llorando y sacó el pañuelo. Morton dejó el café y el panecillo en la mesa y le pasó una mano por los hombros, dándole un leve apretón.

—No sé lo que me pasa —dijo Rebus sonándose.

—Sí que lo sabes —replicó Morton con voz queda.

—Sí, lo sé. —Recogió las fotos y los periódicos y volvió a meterlos en las cajas—. Deja de mirarme de ese modo.

— ¿De qué modo?

—No te lo decía a ti.

Morton se irguió y se apoyó en una mesa.

—No te quedan muchas defensas, ¿eh?

—Parece que no.

—Tienes que organizarte de una vez.

—Uf, cómo tardan Eve y Stanley.

—Sabes que eso no...

—Lo sé. Y tienes razón; tengo que organizarme. ¿Por dónde empiezo? No, no me lo digas... ¿La iglesia de los zumos?

—Decídelo tú —replicó Morton encogiéndose de hombros.

Rebus cogió el panecillo y dio un mordisco. Grave error: se le hacía un nudo en la garganta. Dio un sorbo de café para tragar y pudo acabarse el panecillo de jamón de York y tomate. Recordó que tenía que hacer otra llamada a un número de Shetland.

—Vuelvo dentro de un minuto —dijo.

En los servicios se lavó la cara. Tenía los ojos enrojecidos; venillas irritadas; como si hubiera estado de parranda.

Totalmente sobrio y sereno, se dijo para sus adentros yendo hacia el teléfono.

Contestó Briony, la novia de Jake Harley.

— ¿Está Jake? —preguntó Rebus.

—No, lo siento.

—Briony, nos vimos el otro día. Soy el inspector Rebus.

—Ah, sí.

— ¿ No ha llamado Jake ?

Una larga pausa.

—Perdón, ¿cómo ha dicho? No se oye bien.

—Digo que si ha llamado —repitió Rebus que oía perfectamente.

—No.

— ¿No?

En tono crispado:

—Eso he dicho.

—Bien, bien. ¿Está preocupada?

— ¿Por qué?

—Por Jake.