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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Años atrás los dos habían trabajado juntos y formaron un buen equipo; pero a él le alegró que le destinaran fuera de Edimburgo. Tanto la ciudad como su compañero le ahogaban. Por aquel entonces Rebus parecía vivir más consigo mismo que en compañía de los demás. Incluso el pub que frecuentaba era un local con menos distracciones de las habituales: un simple televisor, una tragaperras y una máquina de tabaco. Y siempre que se organizaban salidas en grupo —pesca, jugar al golf o excursiones en autocar— él nunca iba. Era un informal formal, un solitario entre la gente, y sólo se entregaba de lleno cuando investigaba algún caso. Morton sabía de sobra lo que era aquello. El trabajo te envolvía de tal manera que te aislaba del resto del mundo. Los otros suelen mirarte con suspicacia o franca hostilidad y uno acababa por relacionarse sólo con policías, lo cual resultaba aburrido para la esposa o la novia. Y luego también ellas comienzan a sentirse aisladas. Era una putada.

Desde luego que, en la policía, muchos sabían afrontar la situación. Su pareja era comprensiva, o ellos eran capaces de olvidarse del trabajo al volver a casa; podían lograr que fuera sólo eso: un trabajo, el modo de pagar la hipoteca. Imaginaba que en el DIC habría un cincuenta por ciento con vocación y otros tantos que habrían podido hacer un trabajo de oficina en cualquier otro lugar.

Pero no sabía qué otra cosa podría hacer John Rebus. Si le expulsaban de la policía... probablemente quemaría la pensión en bebida y se convertiría en uno de tantos ex policías que contaban batallitas, repitiéndoselas a las mismas personas y cambiando una forma de aislamiento por otra.

Era importante que John siguiera en la policía. Por lo tanto, era importante evitar que se metiera en líos. Se preguntaba por qué la vida sería tan difícil. Cuando Chick Ancram le dijo que le encargaba «vigilar a Rebus», le había complacido, pensando en que iban a estar juntos y recordarían casos y personajes, lugares, anécdotas. Pero no. Él había cambiado; ahora era un pelota, un chupatintas, un arribista, mas John era el mismo de siempre... pero peor. El tiempo había endurecido su cinismo. Ya no era un sabueso: era un perro de pelea con mandíbulas de hierro. Por mucho que sangrara, por mucho dolor que denotaran sus ojos, si mordía no soltaba la presa hasta morir...

—Ya se aclara el tráfico —dijo Rebus.