Back Black & Blue
Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Rebus le dijo a Jack que fuera por la M8.

—De eso nada, monada.

—Pues aparca en Waverley; cogeremos el tren.

A Morton no le gustaba el aspecto de Rebus; parecía como si pretendiera liar una buena. Le salían chispas por los ojos.

— ¿Qué vas a hacer en Glasgow? ¿Ir a Tío Joe a decirle: «Ah, por cierto, su mujer se acuesta con su hijo»? Ni tú puedes ser tan idiota.

—Claro que no soy tan idiota.

—Glasgow no es de nuestra jurisdicción —insistió Morton—. Yo volveré a Falkirk dentro de unas semanas y tú...

— ¿Yo dónde estaré, Jack? —dijo Rebus sonriendo.

—Sólo Dios o el diablo lo saben.

Rebus sonrió para sus adentros.

—Siempre tienes que ser el héroe, ¿no es cierto? —apostilló Morton.

—Vivimos en una época de héroes —replicó Rebus.

En la M8, a medio camino entre Edimburgo y Glasgow y ralentizado por el tráfico, Morton volvió al ataque:

—Esto es una locura. De verdad.

—Confía en mí, Jack.

— ¿Confiar en ti? ¿El que quiso tumbarme a puñetazos hace un par de días? Con amigos como tú...

—...no hacen falta enemigos.

—Aún hay tiempo.

—No lo hay; es lo que tú crees.

—No dices más que gilipolleces.

—Lo que pasa es que tú no escuchas.

Rebus se sentía más sosegado ahora. A Jack le pareció que había superado el cortocircuito: ya no había chispas. Casi prefería verle más alterado. La falta de emoción en su voz era escalofriante, incluso en aquel coche con calefacción. Abrió un poco más la ventanilla. La aguja no pasaba de sesenta y cinco y eso que iban por el carril más rápido. Si encontrase un hueco se metería en el otro; tenía que retrasar la llegada como fuese.

Había admirado mucho a Rebus —y había oído a otros policías elogiarle— por su tenacidad y por el modo de entregarse a los casos como un auténtico sabueso, llegando en muchas ocasiones a destriparlos, descubriendo motivos secretos y cadáveres ocultos. Pero esa misma tenacidad podía convertirse en una debilidad que lo cegaba y le abocaba al peligro, haciéndole impaciente y temerario. Sabía por qué iban a Glasgow y también lo que Rebus quería hacer allí. Y como Ancram le había ordenado no perderle de vista, se iba a ver metido en líos.