Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Morton lanzó un gruñido de despecho. Habían dejado el coche cerca de casa de Rebus y ahora caminaban por Melville Drive: a un lado Bruntsfield Links y al otro los Meadows, unos céspedes espléndidos para las tardes de verano —tumbarse, jugar al fútbol o al criquet—, aunque de noche daban miedo. Había farolas en los caminos pero muy poco generosas en vatios, y algunas noches pasar por allí era casi como regresar al siglo XIX. Mas ahora era verano, el cielo conservaba un fulgor rosado y se veían los cuadrados de luz de las ventanas de la Royal Infirmary, y en George Square un par de torres de la universidad marcaban su presencia. Las estudiantes cruzaban los Meadows en manadas, quién sabe si como lección aprendida del reino animal. Aunque aquella noche no hubiera depredadores, el miedo persistía. El Gobierno había hecho una declaración para combatir «el temor al crimen» y lo anunciaban en la tele antes de la película de tiros de Hollywood de última hora.
Rebus se volvió hacia Morton.
— ¿Piensas chivarte?
—Debería.
—Sí, deberías; pero ¿vas a hacerlo?
—No lo sé, John.
—Bueno, que nuestra amistad no sea un obstáculo.
—Vaya ánimos que me das.
—Mira, Jack, estoy tan hundido que seguramente no saldré a flote, pero voy a hacer lo imposible.
— ¿Has oído hablar de las trincheras de las Marianas? Ancram tiene probablemente una dispuesta para ti.
—Te vas decantando.
— ¿Cómo?
—Antes era Chick y ahora es «Ancram». Atento.
—Oye, ¿estás sobrio?
—Como un juez.
—Ya. Entonces no es envalentonamiento por alcohol, sino pura locura.
—Bienvenido a mi mundo, Jack.
Se dirigían a la parte de atrás de la Infirmary. Había bancos en aquel lado de la tapia del recinto. Y en verano servían de cama a vagabundos, trotamundos o bohemios... Había uno, Frank, conocido de Rebus y a quien solía ver todos los veranos, que desaparecía al llegar el otoño como un ave migratoria, para reaparecer al año siguiente. Pero aquel año... aquel año Frank no se había dejado ver. Aquellos desheredados que ahora contemplaba Rebus eran más jóvenes que Frank, como sus hijos espirituales, si no nietos, pero distintos..., más duros y desconfiados, más ásperos y más cansados. ¿Los «caballeros andantes» de Edimburgo? Veinte años antes se habrían reducido a unas decenas, pero actualmente, no. Ni mucho menos.
Despertaron a un par de ellos. Respondieron que no eran Mick Hine y que no le conocían. En el tercer banco tuvieron suerte. El que lo ocupaba se incorporó y se sentó sobre un montón de periódicos; tenía un pequeño transistor que escuchaba pegado al oído.
— ¿Está sordo o le faltan baterías? —dijo Rebus.