Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
La mañana siguiente compró la primera edición del Herald y se sentó en un rincón de un bar a leerlo con avidez, tomando un zumo de naranja. Nadie se fijaba en él. Más detalles sobre la última víctima del Advenedizo: trabajaba en presentaciones de empresas, es decir, propaganda genérica con vídeos, escaparates, redacción de discursos, casetas para congresos... Volvió a examinar la foto. Una empresa de Aberdeen, y en Aberdeen realmente no había más que una industria: el petróleo. No la conocía; seguro que nunca habían coincidido. De todos modos, no sabía por qué la había elegido el Advenedizo: ¿le estaría enviando un mensaje? Imposible; habría significado que sabía quién era John Biblia. Y eso nadie lo sabía. Nadie.
Era medianoche cuando regresó al hotel. La recepción estaba vacía. Subió a la habitación y puso el despertador a las dos y media.
Bajó la escalera alfombrada hasta recepción, que seguía desierta. Entrar en la oficina fue cosa de medio minuto. Cerró la puerta y se sentó a oscuras ante el ordenador. Estaba puesto el salvapantallas. Movió el ratón para activar la pantalla y se puso manos a la obra. Retrocedió mes y medio a partir de la fecha del asesinato de Judith Cairns para comprobar las reservas de habitación y el modo de pago. Buscaba facturas cargadas a empresas de Aberdeen o cercanías. Tenía la impresión de que el Advenedizo no había ido específicamente al hotel a buscar a la víctima, sino que se alojaba allí por asuntos de trabajo y la había conocido casualmente. Quería ver si acababa de perfilarse aquella pauta inconcreta.
Un cuarto de hora más tarde disponía de una lista de veinte firmas con los individuos que habían pagado con tarjeta de crédito de la empresa. De momento, era lo que necesitaba, pero había un dilema: ¿borrar los archivos del ordenador o dejarlos? Si borraba la información tendría todas las posibilidades de ganar por la mano a la policía descubriendo al Advenedizo... Sí, pero alguien del hotel podría advertirlo y, picado por la curiosidad... A lo mejor llamaba a la policía. Y seguramente, además, tendrían copias de seguridad. Lo que, en realidad, equivaldría a ayudar a la policía alertándoles de su presencia... No, nada de tocarlos. Hacía sólo lo estrictamente necesario. Era una máxima que siempre le había dado buen resultado.