Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
«Pobre cabronazo», pensó Rebus. Era una jugarreta por parte de Ancram. Se le notaba la contrariedad por el rictus en la boca. De pronto se sintió cansado y recordó que llevaba en pie sin parar desde las seis. Apuró el vaso y señaló la puerta, propuesta que encantó a Morton. En la calle, Rebus le preguntó si no había estado a punto de hacerlo.
— ¿El qué?
—Pedir una copa de verdad.
—Más que nunca.
Rebus se apoyó en el techo del coche esperando a que abriera.
—Perdona que te haya hecho eso —dijo.
— ¿El qué?
—Traerte aquí.
—Tengo que tener la fuerza de voluntad para ir a un pub y no beber.
—Gracias —agregó Rebus.
Y sonrió para sus adentros: Jack no estaba mal. Él no le vendería. Ya había perdido demasiado amor propio.
—Hay una habitación libre —comentó al subir al coche—, pero no tengo sábanas ni nada. Te pondré en el sofá, si te parece.
—Muy bien —dijo Morton.
Muy bien para Jack; pero no tan bien para él. Tendría que dormir en la cama. Se acabaron las noches medio desvestido en el sillón junto a la ventana. Se acabaron los Stones a las dos de la madrugada. Tenía trabajo, debería acabarlo lo antes posible; del modo que fuera.
A partir de mañana mismo.
Cuando arrancaban Rebus decidió desviarse y le indicó que fuese a Leith a dar una vuelta; en un momento dado le señaló el escaparate cerrado de una tienda.
—Ése era su sitio —dijo.
— ¿De quién? —inquirió Morton parando el coche.
No se veía una sola buscona en la calle.
—De Angie Riddell. Yo la conocía, Jack. Bueno, había hablado con ella un par de veces. La primera, para detenerla. Pero luego vine aquí una vez a buscarla. —Miró a Morton, esperando algún comentario jocoso, pero vio que continuaba serio, a la escucha—. Nos sentamos a charlar. Y luego, supe que había muerto. Es distinto cuando conoces a alguien. Recuerdas sus ojos... No me refiero al color ni nada de eso, sino a todo lo que unos ojos expresan de la persona. —Guardó silencio un instante—. Seguro que el que la mató no le miraba a los ojos.
—John, no somos curas, ¿sabes? Lo nuestro es un trabajo. Y a veces hay que saber distanciarse.
— ¿Es lo que tú haces, Jack? ¿A casita después del servicio y todo bien de nuevo? ¿Sin importarte lo que hayas visto en la calle? Tu casa es tu castillo, ¿no?
Morton se encogió de hombros acariciando el volante.
—No es cosa mía, John.
—Ah, que te aproveche.
Volvió a mirar la tienda como si fuese a ver algo: la mujer o alguna sombra, algo que quedara de ella. Pero sólo había una oscuridad absoluta.
—Llévame a casa —dijo mientras se cerraba los párpados con los pulgares.