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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Giró en Polmuir Road. La pensión de Michelle estaba cerca, pero Johnny Biblia la convencería para continuar hasta el parque. ¿Cómo lo lograría? Rebus meneó la cabeza de un lado a otro, tratando de desentrañar algo. A lo mejor la patrona era muy estricta y no podía invitarle a subir. A ella le gustaba aquel alojamiento y no quería que la echasen por contravenir las reglas. O tal vez Johnny había comentado que era una noche espléndida, que no deseaba que tuviera fin y que ella le gustaba mucho. ¿Por qué no prolongar el paseo hasta el parque? ¿O incluso pasear por el parque? ¿No sería delicioso?

¿Conocía Johnny Biblia el Duthie Park?

Creyó oír música y, a continuación, silencio y aplausos. Claro, el concierto protesta. Los Dancing Pigs y sus colegas. Entró en el parque y cruzó un recinto de juegos infantiles. Michelle y su galán habían pasado por allí: su cuerpo había aparecido cerca, junto al invernadero y la cafetería... En el centro del parque había un amplio espacio donde estaba el escenario. Unos centenares de jovenzuelos. Los vendedores ilegales con su mercancía a la vista sobre el césped, junto con echadores de tarot, trenzadores de pelo y herboristas. Sonrió pensando en que parecía el concierto de Ingliston en miniatura. En medio del público circulaban unos tipos haciendo sonar las huchas. Sobre el escenario ondeaba ahora la pancarta que había adornado el tejado del centro de congresos: ¡NO MATÉIS LOS MARES! Y allí estaba también la ballena hinchable. Se le acercó una quinceañera.

— ¿Un recuerdo? ¿Camisetas, programas?

Rebus negó con la cabeza, pero cambió de idea.

—Dame un programa.

—Tres libras.

Consistía en fotocopias grapadas con una portada en color. Papel reciclado; igual que el texto. Lo leyó por encima. En la última hoja, había una lista de agradecimientos. El tercer nombre era Mitch, «con cariño y gratitud». Alian Mitchison había desempeñado un papel en la organización del concierto y lo hacían constar con gratitud: in memóriam.

—A ver si yo puedo mejorarlo —musitó Rebus, enrollando el programa y guardándoselo en el bolsillo.

Se dirigió a la zona de detrás del escenario, bloqueada por un semicírculo de camiones y furgonetas, y dentro de la cual los grupos y sus séquitos se movían como fieras enjauladas. Su identificación le abrió camino a la par que le valía unas cuantas miradas de odio.

— ¿Es usted el encargado? —preguntó a un gordo que le salió al paso.

Tendría sus cincuenta años; una especie de Jerry García pelirrojo con falda escocesa y chaleco blanco sucio y sudado.

—No hay encargado —replicó.

—Pero pertenece a la organización...

—Oiga, tío, ¿qué problema hay? Tenemos permiso y no queremos jaleo.