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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—No voy a montar ningún jaleo. Sólo quería hacer una pregunta sobre la organización.

— ¿El qué?

—Alian Mitchison... Mitch.

— ¿Y bien?

— ¿Le conocía?

—No.

—Tengo entendido que fue quien se ocupó de que vinieran los Dancing Pigs.

El hombre se quedó pensativo y asintió con la cabeza.

—Ah, sí, Mitch. No le conozco. Bueno, de vista sí.

— ¿Hay alguien aquí que pueda contarme algo de él?

— ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

—Ha muerto.

—Mal rollo. Ojalá yo pudiera hacer algo —agregó encogiéndose de hombros.

Rebus regresó a la parte delantera. El control de sonido era malo, como de costumbre, y el grupo no sonaba ni la mitad de bien que en el disco. Un tanto a favor del productor. De pronto paró la música y se hizo un silencio más dulce que cualquier melodía. El cantante se acercó al micrófono.

—Vamos a presentaros a unos amigos que hace pocas horas luchaban por la causa para intentar salvar nuestros mares. Un aplauso para ellos.

Aplausos y vítores. En el escenario aparecieron dos personas vestidas aún con impermeables color naranja, y reconoció sus caras de Bannock. Aguardó un poco más, pero la de las trencitas no aparecía, y, en cuanto iniciaron su discurso, se dio media vuelta para irse. Había que sortear otra recolecta, pero, pensándoselo mejor, dobló en cuatro un billete de cinco libras y lo echó en una hucha. Tras lo cual, decidió tomar una buena cena en el hotel. Cargada a la cuenta de la habitación, por supuesto.

Ruido insistente.

En un principio Rebus lo incorporó al sueño; pero al poco rato abrió un ojo y vio resquicios de luz en las gruesas cortinas. ¿Qué cono de hora sería? Encendió la lamparita y agarró el reloj, parpadeando. Las seis. ¡Pero bueno! ¿Tanto deseaba Lumsden que se largara?

Saltó de la cama y fue hacia la puerta. Había cenado regiamente con una botella de vino. Y el problema en sí no era el vino, sino que a guisa de digestivo se había bebido cuatro whiskies en flagrante transgresión de las reglas del bebedor de no mezclar.

Porrazos y más porrazos.

Abrió la puerta. Dos policías de uniforme, con aspecto de llevar allí un buen rato.

— ¿Inspector Rebus?

—Eso parece.

—Vístase, por favor.

— ¿No les gusta mi atuendo?

Calzoncillos y camiseta.

—Vístase, señor.

Rebus se los quedó mirando y decidió hacer lo que decían. Se dio media vuelta y ellos le siguieron dentro, observando la estancia con mirada profesional.

— ¿Qué he hecho?

—Pregúntelo en comisaría.

—Júreme que no es una puta broma —replicó Rebus sin dejar de mirarle a los ojos.

—Hable bien, señor.

Rebus se sentó en la cama y cogió unos calcetines limpios.

—Me gustaría saber qué significa todo esto. Vamos, en plan confidencial; de policía a policía.