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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Tratan de asustarlos para que no se acerquen demasiado a las patas de la plataforma —comentó Eric.

«Maldita sea, ¿por qué habrá tenido que ser hoy?», pensó Rebus, temiéndose que el barco chocara contra la plataforma y hubiera que evacuarla.

Continuaban acosándoles con las cuatro mangueras. Alguien le pasó unos prismáticos que enfocó sobre el barco. Impermeables color naranja, media docena de personas y pancartas: VERTIDOS NO. SALVEMOS EL MAR.

—Ese barco no parece muy seguro —comentó alguien.

En el puente se veía aparecer y desaparecer gente que agitaba los brazos y discutía.

—Esos gilipollas seguramente han ahogado el motor.

—No podemos dejarlo a la deriva.

—Podría ser un caballo de Troya, muchachos.

Se echaron a reír, mientras Rebus y Lumsden seguían a Eric. Subieron y bajaron escaleras de mano y en algunos tramos del suelo Rebus pudo ver a través de la celosía metálica el mar bullente bajo sus pies. Cables y tuberías por doquier, pero siempre de modo que no hubiera peligro de tropezar. Finalmente, Eric empujó una puerta y siguieron por un pasillo. Era un alivio estar a resguardo del viento. Habían permanecido a la intemperie ocho minutos seguidos, se dijo Rebus.

Pasaron por salas con mesas de billar, de pimpón, tableros de dardos y juegos de vídeo. Al parecer, los juegos de vídeo eran muy solicitados. No había nadie jugando al pimpón.

—Hay plataformas con piscina; pero aquí no —dijo Eric.

— ¿Es producto de mi imaginación o se mueve el suelo? —inquirió Rebus.

—Ah, sí —contestó Eric—, las juntas de dilatación; tiene que haber cierta holgura. Cuando azota el temporal se diría que se va a romper. —Otra carcajada.

Siguieron pasillo adelante para pasar por una biblioteca, vacía, y un salón de televisión.

—Hay tres salas de televisión —dijo Eric—. Exclusivamente por satélite, pero casi todos prefieren los vídeos. Aquí estará Willie.

Entraron en una amplia estancia con más de veinte sillas de respaldo recto y una gran pantalla. No había ventanas y estaba en penumbra. Frente a la pantalla había ocho o nueve hombres, de brazos cruzados, quejándose de algo. Uno de ellos miraba una cinta junto al proyector de vídeo. Se encogió de hombros.

—Lo siento —dijo.

—Ése es Willie —dijo Eric.

Willie Ford tendría algo más de cuarenta años, era fornido aunque algo encorvado y llevaba el pelo rapado. La nariz le tapaba una cuarta parte de la cara y la barba se ocupaba de ocultar el resto casi por completo. Si hubiese tenido la tez más oscura, habría podido pasar por un fundamentalista musulmán. Rebus se acercó a él.

— ¿Es usted el policía? —preguntó el hombre.

Rebus asintió.

—La gente parece inquieta.