Back Black & Blue
Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Rebus no pensaba más que en encontrar dónde asirse. No era sólo el viento, sino la sensación de fragilidad de aquella estructura. Esperaba ver petróleo, olerlo, y allí lo único que se veía era agua de mar: el mar del Norte por todas partes. Una inmensidad frente a aquella mota de metal soldado. Penetraba en sus pulmones y el salitre se le adhería a las mejillas; aquellas olas parecían amenazar con engullirle y se le antojaba más inmenso que el cielo, una fuerza de la naturaleza digna de respeto. El guía sonreía.

—Sé lo que está pensando. A mí me sucedió igual la primera vez.

Rebus asintió con la cabeza. Los nacionalistas decían que el petróleo era de Escocia y que las compañías tenían concesiones de explotación, pero él, in situ, lo veía distinto: el petróleo era del mar y no iba a entregarlo por las buenas.

El guía les condujo a la relativa seguridad de la cantina. Un local limpio y tranquilo con jardineras de ladrillo y largas mesas blancas ya preparadas para el turno siguiente. Dos tipos con mono naranja tomaban té en una mesa y otros tres con camisas de cuadros comían chocolatinas y yogur.

—A la hora de la comida es una locura —comentó el guía, cogiendo una bandeja—. ¿Té para los dos?

Lumsden y Rebus asintieron. Una mujer les sonreía desde el extremo de los mostradores.

—Hola, Thelma. Tres tés. ¡Qué bien huele el menú! —comentó el guía.

—Menestra y bistec con patatas o chili —dijo la mujer, sirviendo los tés de una gran tetera.

—La cantina permanece abierta las veinticuatro horas del día —comentó el cicerone a Rebus—. Muchos nuevos al principio se hartan de comer. El pudín es mortal —añadió a la par que se daba unas palmaditas en el vientre y reía—. ¿A que sí, Thelma?

Rebus recordó que el hombre de Yardarm le había hecho el mismo comentario.

A pesar de estar sentado, a Rebus le temblaban las piernas. Lo atribuyó al vuelo. El guía dijo que se llamaba Eric y que, dado que eran policías, omitiría el vídeo preliminar de seguridad.

—Aunque, de acuerdo con el reglamento, debería enseñárselo.

Los dos negaron con la cabeza y Lumsden preguntó cuánto faltaba para abandonar aquella plataforma.

—El último crudo ya ha sido extraído —respondió Eric—. Bombearemos una última carga de agua de mar en el depósito y casi todos marcharemos a tierra. Aquí sólo quedarán los de mantenimiento hasta que decidan qué hacer con ella. Y más vale que se decidan pronto porque mantener esto a base de turnos es muy caro, pues hay que traer las provisiones, hacer el cambio de turnos y, además, disponer de un barco de seguridad. Todo eso cuesta dinero.