Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Supongo que querían que leyera entre líneas. Tú no podrías ayudarme a interpretarlo, claro.
— ¿Qué insinúas?
—Nada —replicó Rebus, mirándole fijamente—. ¿Qué haces aquí?
Lumsden seguía con la vista clavada en las baldosas del suelo.
—Te acompaño en el viaje.
— ¿Por qué?
—Soy el enlace con las petroleras. Vas a visitar una plataforma y tengo que ir contigo.
— ¿Para vigilarme?
—Es el reglamento —respondió sin dejar de mirar el televisor—. No pienses en el chapuzón. Hice el cursillo de entrenamiento y el resumen es que al caer al agua le quedan a uno cinco minutos.
— ¿Y pasados esos cinco minutos?
—Hipotermia. —Lumsden cogió el café del suelo y dio un sorbo—. Así que reza por que no pillemos una tormenta.
Después del aeropuerto de Sumburgh no se veía más que agua y un cielo surcado por nubes. El ruidoso bimotor Puma volaba bajo. Los trajes salvavidas que les habían obligado a ponerse eran muy ceñidos e incómodos. El de Rebus era naranja intenso de una sola pieza, con capucha; le indicaron que se cerrase la cremallera hasta el cuello y el piloto le recomendó que se pusiera también la capucha, pero su experiencia le decía que yendo sentado con la capucha puesta las perneras acabarían por rajarle el escroto. Había ido en helicóptero en sus tiempos de militar, pero sólo en vuelos cortos. El diseño había cambiado con los años, pero aquel Puma era tan ruidoso como los cacharros utilizados antaño por el Ejército. Desde luego, todos llevaban protectores auditivos por los que les hablaba el piloto. Iban en compañía de otros dos ingenieros del consorcio. Desde aquella altura, el mar del Norte parecía tranquilo y sólo se advertía la suave ondulación de la superficie por efecto de las corrientes. El agua parecía negra debido a la capa de nubes. El folleto explicaba ahora con abundancia de detalles las medidas antipolución y Rebus trató de leer el libro, pero le temblaba en las rodillas y veía el texto borroso; además, no podía concentrarse en la historia. Lumsden miraba por la ventanilla, entornando los ojos por la fuerte luz. Rebus sabía que no le quitaba ojo porque la noche anterior le había tocado una fibra sensible. Lumsden le dio un golpecito en el hombro, señalándole la ventanilla.
A la derecha se veían tres plataformas y en una de ellas un petrolero maniobraba para dejar el muelle. Las enormes antorchas lanzaban llamaradas amarillas que lamían el cielo. El piloto dijo que sobrevolarían los campos de Ninian y Brent por el oeste antes de llegar a Bannock. Poco después anunciaba por radio:
—Estamos llegando a Bannock.