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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Leía sentado en una sala de espera del aeropuerto de Dyce, algo nervioso por el vuelo que iba a emprender. El folleto insistía en que la seguridad era primordial en un «entorno tan peligroso potencialmente» y lo ilustraba con fotos de los equipos de bomberos, de un barco de apoyo y seguridad siempre listo y de botes salvavidas perfectamente equipados. «Hemos aprendido la lección de la plataforma Piper Alpha.» La Piper Alpha, situada al nordeste de Aberdeen, se cobró más de ciento sesenta vidas una noche de verano de 1988.

Muy tranquilizador.

El acólito que le había dado el folleto le dijo que esperaba que hubiese traído algo para leer.

— ¿Por qué?

—Porque el vuelo puede durar tres horas y la mayor parte del tiempo hay demasiado ruido para charlar.

Tres horas. Se había acercado al quiosco del terminal a comprar un libro. Sabía que era un viaje de dos etapas: aterrizaje en Sumburgh y después en un helicóptero Puma hasta Bannock. Tres horas de ida y tres horas de vuelta. Bostezó y miró el reloj. Aún no eran las ocho. No había querido desayunar porque no le apetecía vomitar en pleno vuelo. Su dosis matinal: cuatro comprimidos de paracetamol y un vaso de zumo de naranja. Estiró los brazos para mirarse cómo le temblaban las manos debido a la conmoción.

Había dos anécdotas del folleto que le hacían gracia: que el nombre de las torres «derrick» procediera del apellido de un verdugo del siglo XVII y que el primer crudo descargado en tierra firme hubiera llegado a Cruden Bay, donde Bram Stoker solía pasar sus vacaciones. Un tipo de vampirismo por otro... sólo que el folleto no lo exponía así.

Tenía enfrente un televisor que pasaba un vídeo sobre seguridad explicando lo que había que hacer en caso de que el helicóptero cayera al mar del Norte. Todo parecía ir de perlas: los pasajeros abandonaban sus asientos, localizaban las balsas salvavidas hinchables y las botaban en unas aguas tan calmas como las de una piscina cubierta.

— ¡Santo Dios! ¿Qué te ha pasado?

Alzó la vista. Ludovic Lumsden con un periódico doblado en el bolsillo de la chaqueta y un vaso de café en la mano.

—Me atacaron —contestó Rebus—. Tú no sabrás nada, claro.

— ¿Que te atacaron?

—Anoche. Dos tipos me esperaban cerca del hotel. Me tiraron por encima del muro al parque y me dieron un culatazo —dijo, tocándose el chichón de la sien.

El dolor era peor que los moratones.

Lumsden se acomodó dos asientos más allá, horrorizado.

— ¿Lograste verlos?

—No.

Lumsden dejó el vaso de café en el suelo.

— ¿Te robaron algo?

—No querían robarme, era un simple aviso.

— ¿De qué?

—El golpe —contestó Rebus, y se llevó un dedo a la sien.

— ¿Ése era el aviso? —inquirió Lumsden ceñudo.