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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Ya me lo parecía. Casi todos vienen por aquí y son buenos clientes. Siéntese, haga el favor.

Rebus tomó asiento y Stemmons se acomodó tras su mesa, llena de papeles.

—Francamente, me sorprende su afirmación —prosiguió—. Cooperamos de lleno con la policía de aquí y el club está tan limpio como el primero. Aunque ya sabe usted que es imposible acabar con la droga al cien por cien.

—Había un tipo esnifando en los servicios.

Stemmons se encogió de hombros.

— ¿Lo ve? ¿Qué podemos hacer? ¿Cachear a todo el mundo en la entrada? ¿Tener un perro olisqueando por el local? —Soltó una breve carcajada—. Compréndalo.

— ¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí, señor Stemmons?

—Vine en el setenta y ocho. Me gustó y me quedé. Hace casi veinte años. Estoy prácticamente integrado. —Otra carcajada; y Rebus siguió impasible. Stemmons puso las palmas de las manos sobre el escritorio—. A cualquier parte del mundo adónde van los norteamericanos, Vietnam, Alemania, Panamá, llegan empresarios. Y mientras haya negocio, ¿por qué íbamos a marcharnos? —Se miró las manos—. ¿Qué quiere, en realidad?

—Quiero saber qué puede decirme de Fergus McLure.

— ¿Fergus McLure?

—Ha muerto. Vivía cerca de Edimburgo.

El norteamericano negó con la cabeza.

—Lo siento. No me suena de nada el nombre.

«¡Hombre, qué casualidad!», pensó Rebus.

—No tiene teléfono aquí, por lo que veo.

— ¿Cómo dice?

—Teléfono.

—Uso un móvil.

—La oficina portátil.

—Abierta las veinticuatro horas. Oiga, si tiene una queja plantéesela a la policía de aquí. No quiero problemas.

—No sabe usted lo que son problemas, señor Stemmons.

—Oiga —replicó el norteamericano apuntándole con el dedo—, si tiene algo que decir, dígalo. Si no, la puerta es eso que tiene detrás de usted.

—Y usted es eso que tengo aquí delante con la cara muy dura —replicó Rebus, levantándose al tiempo que se inclinaba sobre la mesa—. Fergus McLure tenía información sobre una operación de narcóticos. Y murió de repente. Pero en su despacho apareció el número de teléfono de este club. Y McLure no era precisamente un discotequero.

— ¿Y bien?

Fue como si viera a Stemmons ante el tribunal diciendo exactamente lo mismo. Y al jurado planteándose el mismo interrogante.

—Mire —añadió Stemmons aplacado—, si yo tuviese algo que ver con esa operación, ¿iba a darle a ese McLure el número del teléfono público del club, que puede cogerlo cualquiera, o le daría el del móvil? Usted que es policía, ¿qué cree?

Rebus se imaginó a un juez sopesando las dos opciones.

—Aquí conoció Johnny Biblia a su primera víctima, ¿verdad?

—Joder, no me saque eso ahora. ¿Es usted un morboso o qué? Bastante nos fastidiaron los del DIC durante semanas.

— ¿No le reconoció por las descripciones?