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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Aún tenía restos de polvo blanco en la nariz. Veintitantos años; ejecutivo de baja categoría, aspirante a la mediana. Chaqueta nueva pero no cara. Le empujó contra la pared, dirigió el secador de manos a su rostro y apretó el botón del aire.

— ¿Y este polvo qué?

El individuo apartó la cara del calor. Temblaba como un flan sin saber qué decir.

—Una pregunta —dijo Rebus— y te largas... ¿Cómo dice la canción? Libre como un pájaro. Una pregunta.

El hombre asintió con la cabeza.

— ¿Qué?

Rebus aumentó la presión de la mano.

—La droga —dijo.

—Sólo la tomo los viernes por la noche.

— ¿De dónde la sacaste la última vez?

—De uno que a veces viene por aquí.

— ¿Está hoy?

—No lo he visto.

— ¿Qué aspecto tiene?

—Corriente; nada de particular. Usted dijo una pregunta.

—Te mentí —replicó Rebus, soltándole.

El hombre dio un resoplido y se estiró la chaqueta.

— ¿Puedo irme?

—Largo.

Se lavó las manos y se aflojó el nudo de la corbata para desabrocharse el primer botón. Que se fuera con el de la farlopa. Se marcharía; o quizá se quejase a la dirección. Tal vez procuraban que no hubiera esa clase de incidentes. Salió de los servicios y buscó las oficinas, pero no veía ninguna puerta. En el vestíbulo había una escalera con un gorila que impedía el paso. Le dijo que quería hablar con el encargado.

—No se puede.

—Es importante.

El gorila meneó despacio la cabeza sin apartar los ojos de Rebus, quien lo catalogó rápidamente: un borracho de mediana edad, un tipo patético con esmoquin. No había más remedio que desengañarle. Le enseñó la placa.

—Departamento de Investigación Criminal. Hay gente vendiendo droga en el local y ha faltado un suspiro para que llamase a la Brigada de Narcóticos. ¿Puedo hablar con el jefe?

Y habló con el jefe.

—Soy Erik Stemmons —dijo el hombre mientras se levantaba de la mesa de despacho y acudía a darle la mano.

Era una oficina pequeña, bien decorada e insonorizada; sólo se oían levemente los graves de la música de pista. Había media docena de monitores de vídeo. Tres de la pista, dos de la barra y uno general de los compartimientos.

—Ponga uno en el meadero —dijo Rebus—, que es donde pasan las cosas. Veo que hay dos en la barra. ¿Problemas con el personal?

—Desde que pusimos las cámaras no.

Stemmons vestía vaqueros y una camiseta blanca de mangas cortas subidas hasta los hombros. Llevaba el pelo largo y rizado, quizá con permanente, pero ya estaba algo calvo y se le notaban arrugas en la cara. No era mucho más joven que Rebus y sus intentos por rejuvenecerse le hacían parecer mayor.

— ¿Es usted del DIC de Grampian?

—No.