Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
El hombre se le quedó mirando como si no hubiese entendido la pregunta, mientras se ponía en pie, claramente preocupado por lo ocurrido en la cocina.
—Sí que se lo dije —respondió, alejándose.
Un detalle que el DIC de Aberdeen había omitido expresamente en el informe...
Había otro gorila en la puerta del Burke's, así que tuvo que pagar la entrada. Era la noche de los setenta, y se daban premios a los mejores disfraces. Observó el desfile de zapatos con plataforma, pantalones de pata de elefante, minifaldas y maxifaldas y corbatas estrechas. Una pesadilla: le recordaba las fotos de su boda. Había un Travolta de Fiebre del sábado noche y una chica bastante parecida a la Jodie Foster de Taxi Driver.
La música era una mezcla de disco kitsch y rock regresivo: Chic, Donna Summer, Mud, Showaddywaddy y Rubettes, intercalados con Rod Stewart, Rolling Stones, Status Quo y ráfagas del Hi–Ho Silver Lining de Hawkwind.
Jeff Beck: ¡El remate!
La vieja canción le hizo volver al pasado. El pinchadiscos tenía el Connection de Montrose, una de las mejores versiones de la canción de los Stones. Una noche él la estuvo escuchando en el barracón del Ejército en un radiocasete Sanyo, con un solo auricular para que no le oyeran, y por la mañana estaba sordo de un oído. Desde entonces cada noche cambiaba el auricular de lado para no quedarse sordo de verdad.
Se sentó a la barra. Era como la barrera desde donde hombres solos admiraban en silencio la pista. Los compartimientos y las mesas estaban reservados a parejas y fiestas de empresas; las mujeres chillaban como si realmente se divirtieran. Vestían tops escotados y faldas cortas ajustadas y con aquella escasa luz parecían todas estupendas. Pensó que estaba bebiendo demasiado deprisa; echó más agua al whisky y pidió hielo al camarero. Estaba en el extremo de la barra, a menos de dos metros del teléfono público. Imposible hablar con la música a todo volumen y, de momento, no había tregua. Eso le hizo pensar que el único momento razonable para llamar sería fuera de horas, cuando cesara el jaleo. Pero entonces no habría clientes; sólo el personal...
Se levantó y dio una vuelta en torno a la pista. Un letrero indicaba un pasillo para ir a los servicios. Se dirigió hacia allí y nada más entrar oyó en uno de los cubículos a alguien esnifando. Se lavó las manos y esperó. Oyó la descarga de la cisterna y el pestillo al abrirse la puerta y dar paso a un joven trajeado. Rebus le enseñó la placa.
—Queda detenido. Cualquier cosa que diga...
— ¡Eh, oiga! —protestó el joven.