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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Podría tratarse de un accidente. Estoy intentando averiguar cosas sobre él.

—Jake no está.

—Lo sé. He intentado ponerme en contacto con él.

—Llamaron varias veces del Departamento de Personal.

—A petición mía.

La mujer asintió repetidamente con la cabeza.

—Pues él aún no ha regresado —añadió, sin apartar el brazo del marco de la puerta.

— ¿Podría darle un recado?

—Yo no sé dónde está. —A medida que hablaba sus mejillas iban recobrando el color—. Pobre Mitch.

— ¿Y Jake, no tiene usted idea de dónde puede estar?

—Se va por ahí a veces sin rumbo determinado.

— ¿Y no llama?

—Él necesita su territorio. Igual que yo; el mío es la natación, y el de Jake el senderismo.

— ¿Cuándo vuelve, mañana..., pasado?

—A saber —contestó ella, alzando los hombros.

Rebus sacó del bolsillo su bloc de notas, escribió unas líneas y arrancó la página.

—Tenga. Son dos números de teléfono. Dígale que me llame.

—Muy bien.

—Gracias. —Miraba la hoja, incapaz de llorar—. Briony, ¿hay algo que pueda usted decirme sobre Mitch? ¿Algún detalle que ayude en la investigación?

Alzó la vista del papel y se le quedó mirando.

—No —respondió, y a continuación le cerró despacio en las narices.

En el último instante sus miradas se cruzaron y en sus ojos Rebus vio algo que no era desconcierto ni pena.

Miedo, le pareció. Y un fondo calculador.

Sintió de pronto que tenía hambre y que le apetecía tomar un café. Fueron a comer a la cantina de Sullom Voe. Era un local blanco, limpio y espacioso con macetas y carteles de prohibido fumar. Walt seguía parloteando acerca de que Shetland seguía siendo más nórdica que escocesa; prueba de ello era que la mayoría de los topónimos eran noruegos. A Rebus le parecía el fin del mundo, lo cual le complacía. Le dijo a Walt lo que había hablado en el avión con el de la pelliza.

—Ah, ése debe de ser Mike Sutcliffe.

Rebus pidió que le llevara a verle.

Mike Sutcliffe había cambiado su pelliza de borrego por un impecable atuendo de trabajo. Le encontraron inmerso en una acalorada conversación junto a los depósitos de lastre de agua. Dos subalternos le escuchaban decir la poca diferencia que representaría sustituirles por un par de simios, a la par que hacía aspavientos mirando los depósitos y señalaba después los muelles, en uno de los cuales se veía un petrolero de tamaño no inferior a seis campos de fútbol. Al ver al inspector, Sutcliffe perdió el hilo del discurso; despidió a los trabajadores y echó a andar; pero tenía necesariamente que pasar por donde él estaba.

Rebus esgrimió su mejor sonrisa.

—Señor Sutcliffe, ¿me ha conseguido ese mapa?

— ¿Qué mapa? —replicó Sutcliffe sin detenerse.