Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Me dijo que tenía alguna idea de dónde dar con Jake Harley.
— ¿Ah, sí?
Casi tenía que correr para mantenerse a su altura. Ya no sonreía.
—Claro que sí —espetó con brusquedad.
Sutcliffe se detuvo de pronto y Rebus lo rebasó por inercia.
—Escuche, inspector, en este momento estoy hasta las gónadas de líos. Ahora no tengo tiempo.
Y se largó sin dignarse a mirarle. Rebus le siguió sin decir palabra durante unos cien metros hasta que se cansó. Pero Sutcliffe continuó como si fuera a llegar al final del muelle y seguir caminando sobre las aguas si era preciso.
Rebus volvió junto a Walt, pensativo. Aquello era poco menos que echarle a patadas. ¿Por qué habría cambiado así de actitud? Le vino a la mente la imagen de un viejo de pelo blanco con falda escocesa y escarcela. Sí, debía de ser eso.
Walt le acompañó al edificio principal de la administración, y le dejó en un despacho con teléfono, diciéndole que iba a buscar café. Rebus cerró la puerta y tomó posesión de una mesa. Las paredes estaban invadidas por enormes fotos con plataformas petrolíferas, petroleros, oleoductos y el enclave de Sullom Voe; había montones de folletos de propaganda y, sobre un escritorio, la maqueta de un superpetrolero. Pidió línea y llamó a Edimburgo, buscando un término medio entre cierta diplomacia y un cuento chino, pero llegó a la conclusión de que ganaría tiempo diciendo la verdad.
Mairie Henderson estaba en casa.
—Mairie, soy John Rebus.
—Válgame Dios.
— ¿Cómo no estás en el trabajo?
— ¿Es que no has oído hablar de la oficina portátil? Con el fax, un módem y el teléfono lo tienes resuelto. Escucha, estás en deuda conmigo.
— ¿Cómo es eso? —replicó Rebus intentando parecer ofendido.
—Todo aquel trabajo que hice por ti y al final, de artículo nada. No es precisamente un toma y daca. Los periodistas tenemos memoria de elefante.
—Te filtré la dimisión de sir Ian.
—Sí, hora y media antes de que lo supieran los demás. Y, además, no era precisamente el crimen del siglo. Sé que me ocultas información.
—Mairie, me duele que digas eso.
—Me alegro. Y ahora dime que me llamas por cortesía.
—Totalmente. ¿Qué tal estás?
Se oyó un suspiro.
— ¿Qué quieres?
Rebus giró ciento ochenta grados en el sillón. Era cómodo; ideal para dormir.
—Necesito que escarbes un poco.
—Vaya, qué sorpresa más inesperada.
—Su nombre es Weir. Y se hace llamar mayor Weir, pero puede ser un rango espúreo.
— ¿T—Bird Oil?
Mairie era una periodista excepcional.
—Exacto.
—Hizo un discurso en ese congreso.
—Bueno, se lo leyó un tipo.
Una pausa. Rebus se estremeció.
—John, ¿estás en Aberdeen?
—Algo así —admitió.
—Cuéntame.
—Después.
—Y si hay una historia...