Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Afortunadamente, porque Sullom Voe era enorme. Se tardaron siete años en construirlo superando toda clase de récords (que Walt se sabía de memoria) y Rebus se rindió a la evidencia de que era un monstruo impresionante. Él había pasado muchas veces por Grangemouth y Mossmorran, pero no tenían punto de comparación. Mirando más allá de los depósitos de crudo y los muelles de descarga, se veía agua, la propia bahía al sur y la isla de Gluss al oeste, lo que producía la agradable impresión de naturaleza virgen. Era como una ciudad de ciencia ficción trasladada a la prehistoria.
La sala de control del terminal debía de ser el lugar más tranquilo en que Rebus había estado en su vida. En el centro, había dos hombres y una mujer sentados ante sus ordenadores; las paredes estaban cubiertas de organigramas electrónicos con luces parpadeantes y silenciosas que indicaban los flujos de gas y petróleo. Tan sólo se oía el ruido que producían los dedos al teclear y alguna conversación en voz baja. Walt tomó la iniciativa de presentar a Rebus —quien, de pronto, se había sosegado como si estuviera en una iglesia en pleno oficio religioso— y se dirigió a la consola central para hablar en voz queda con los tres oficiantes.
El mayor de los dos hombres se levantó y se acercó a Rebus a darle la mano.
—Milne, inspector. ¿En qué puedo servirle?
—Señor Milne, en realidad quería hablar con Jake Harley, pero, dada su ausencia, quizás usted pueda decirme algo de él. Concretamente de su amistad con Alian Mitchison.
Milne vestía una camisa a cuadros con las mangas arremangadas, y se rascaba un brazo mientras Rebus le exponía el motivo de su visita. Contaba algo más de treinta años, llevaba el cabello pelirrojo despeinado y tenía antiguas marcas de acné en la cara. Hizo una inclinación de cabeza, levemente girado hacia sus compañeros, asumiendo el papel de portavoz.
—Bueno, los tres trabajamos con Jake, así que podemos hablarle de él. Yo no conocía muy bien a Alian, aunque él me lo presentó en cierta ocasión.
—A mí no creo que me lo presentara —dijo la mujer.
—Yo le vi una vez —añadió el tercer empleado.
—Alian estuvo trabajando aquí sólo dos o tres meses —prosiguió Milne—. Y lo único que sé es que hizo amistad con Jake —agregó, encogiéndose de hombros.
—Si eran amigos, tendrían algo en común. ¿Observar a los pájaros?
—No creo.
—Las excursiones —terció la mujer.
—Ah, sí —comentó Milne con una leve inclinación de cabeza—. Claro, en un sitio como éste siempre se acaba por hablar de ecología más pronto o más tarde; el tema preocupa.
— ¿Está muy concienciado Jake?