Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Eso pensaba Rebus. Le invitó a un trago. Si seguía inclinándose más sobre la barra acabaría dándose de narices con el vaso. Cuando anunciaron que faltaban cinco minutos para el karaoke, se dijo que era hora de irse. Aquello ya lo había visto. Recurrió al plano para regresar a Union Street. La noche comenzaba a animarse y se cruzaba con pandillas de quinceañeros y furgones de policía —Transit de color azul— haciendo la ronda. Un exceso de uniformes que a nadie parecía intimidar. Todos gritaban, cantaban y batían palmas. Entre semana, Aberdeen era como Edimburgo un sábado por la noche de los malos. Una pareja de policías discutía algo con dos jóvenes mientras sus respectivas novias aguardaban mascando chicle. Cerca de allí había una furgoneta con las puertas traseras abiertas.
«Yo soy turista», se dijo pasando de largo.
En un determinado momento giró hacia donde no debía y llegó al hotel por la dirección opuesta, pasando ante una enorme estatua de William Wallace que esgrimía una espada escocesa.
—Buenas noches, Mel.
Subió la escalinata del hotel y decidió tomarse la última copa; se la llevaría a la habitación. El bar estaba lleno de congresistas, muchos de ellos con la tarjeta credencial en la solapa, en mesas llenas de vasos vacíos. En la barra, una mujer sola fumaba un cigarrillo negro y expulsaba el humo hacia el techo. Rubia oxigenada con mucho oro y traje sastre granate con leotardos o medias negras. Rebus la miró y dedujo que serían medias. Tenía un rostro duro y el pelo peinado hacia atrás y recogido con un gran broche de oro; mejillas empolvadas y labios pintados de carmín oscuro brillante. Debía de tener su misma edad o quizás un año o dos menos: la clase de mujer que los hombres llaman «de bandera». Tenía delante un par de vasos, motivo suficiente, quizá, para que le sonriera.
— ¿Es congresista?
—No —respondió Rebus.
—Gracias a Dios. Le juro que no ha habido uno que no haya intentado ligarme, pero no saben más que hablar de crudo. —Hizo una pausa—. Petróleo crudo... crudo vivo y crudo muerto. ¿Sabía que hay una diferencia?
Rebus sonrió, negó con la cabeza y pidió una copa.
— ¿Toma otra o sólo quiere ligar?
—Ambas cosas. —Viendo que él miraba su cigarrillo añadió—: Sobranie.
— ¿Saben mejor por el papel negro?
—Saben mejor por el tabaco.
—Yo fumo picadura —dijo Rebus, sacando los suyos.
—Ya veo.
Les sirvieron la bebida y Rebus firmó la nota para que las cargasen a la cuenta de su habitación.
— ¿Está aquí por trabajo?
Tenía una voz profunda, probablemente de la Costa Oeste, clase trabajadora con estudios.
—Algo así. ¿Y usted?
—Por trabajo. ¿Y a qué se dedica?
La peor respuesta del mundo para ligar:
—Soy policía.