Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Se habría convencido con facilidad, pero Lumsden insistía en exceso, habla que te habla, y cuanto más hablaba menos creíble resultaba. Se acercó otra vez el dueño para hablar con él y se alejaron a un rincón. Lumsden no cesaba de darle al hombre palmaditas en la espalda. Cuando volvió a sentarse se atusó la corbata.
—El hijo, que se le desmanda —comentó, encogiendo los hombros como si no hubiera más que decir, al tiempo que recomendaba a Rebus que probase las albóndigas.
La siguiente etapa fue un club nocturno donde los hombres de negocios competían con los jóvenes por los favores de las dependientas transformadas en elegantes zorras. La música era tan excesiva como las indumentarias. Lumsden seguía el ritmo con la cabeza pero no parecía pasarlo bien. Era como si fuese un guía turístico. Ludo, el organizador de juegos. Rebus era consciente de que le estaban vendiendo la moto, como a cualquier turista que viaja al norte: que no era más que la tierra de las sopas Baxter, de currantes en camiseta y abuelas en sus casitas, y donde el petróleo era una industria más que había beneficiado a la ciudad y a los lugareños. Una estampa que tiene mucho del estereotipo del Highland montañés.
Sin tacha alguna.
—Creí que este sitio le interesaría —voceó Lumsden por encima de la música.
— ¿Porqué?
—Aquí es donde Michelle Strachan conoció a Johnny Biblia.
Rebus se quedó de piedra. No se había fijado en el nombre del club. Ahora lo veía todo distinto: las chicas en las pistas de baile y las que estaban en la barra, brazos posesivos enroscándose en cuellos reticentes. Veía ojos de deseo y dinero corruptor.
Se imaginó a Johnny Biblia tranquilo en la barra, columbrando posibles presas y descartándolas hasta elegir una en concreto. Y sacando a Michelle Fifer a bailar...
Cuando Rebus sugirió ir a otro lugar Lumsden no se opuso. El gasto había consistido en una sola ronda, habían cenado «por cuenta de la casa» y el gorila del club les franqueó discretamente la entrada con una inclinación de cabeza.
Al salir se cruzaron con un hombre que acompañaba a una joven y Rebus volvió ligeramente la cabeza.
— ¿Los conoce? —preguntó Lumsden.
Rebus se encogió de hombros.
—Me sonaba la cara.
Acababa de verla aquella tarde: pelo negro rizado, gafas, tez olivácea. Hayden Fletcher, el gurú de relaciones públicas del mayor Weir. Parecía muy contento. La mujer cruzó su mirada con la de Rebus y sonrió.
Afuera el cielo conservaba un fulgor púrpura. En un cementerio del otro lado de la calle un árbol era asediado por el estruendo de los estorninos.
— ¿Adónde vamos? —dijo Lumsden.
—En realidad, Ludo —contestó Rebus, desperezándose—, creo que me vuelvo al hotel. Perdona que me raje.