Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Ya en el interior, había una papelera para tirar las octavillas, pero él dobló las suyas y se las guardó. Una pareja de vigilantes les requirió la tarjeta de identificación, pero, efectivamente, bastó con su carnet de policía. Había más vigilantes: guardias de seguridad privada uniformados y con gorras relucientes que seguramente habrían asistido a un cursillo acelerado de veinticuatro horas sobre bromas de mal gusto. Entre los asistentes abundaban los trajes. Los megáfonos transmitían continuamente mensajes y había zonas de propaganda con mesas llenas de folletos, y un mercadillo de infinidad de productos. En algunas casetas parecían estar haciéndose negocios. Minchell se excusó y propuso reunirse en la entrada al cabo de media hora, pues tenía que «fingir» por ahí. Debía de tratarse de dar la mano a gente, sonreír, decir cuatro cosas y repartir alguna que otra tarjeta de visita. Rebus lo perdió de vista enseguida.
No vio muchas fotos de plataformas y las que había eran del tipo con patas de tensión y semisumergibles. La auténtica novedad parecía ser los SADPF —Sistemas de Almacenamiento y Descarga de Producción Flotante—, consistentes en una especie de depósitos que hacían prescindible el empleo de una auténtica plataforma. Los oleoductos conectaban directamente con aquellos depósitos con capacidad para trescientos mil barriles diarios.
— ¿Verdad que es impresionante? —preguntó un escandinavo; seguramente agente de ventas.
Rebus asintió con la cabeza.
—Se prescinde de la plataforma —dijo.
—Y es más fácil de convertir en chatarra cuando llega su hora. Barato y ecológico. —Hizo una pausa—. ¿Le interesa alquilar uno?
— ¿Y dónde lo aparco?
Se alejó sin esperar a que el vendedor pudiera interpretarlo.
Quizá por su olfato de sabueso dio fácilmente con el bar y se acomodó en un extremo de la barra con un whisky y algo de picar. Había almorzado un bocadillo en la gasolinera y empezaba a sentir apetito. Llegó un nuevo cliente que se puso a su lado, se secó el rostro con un pañuelo blanco y pidió una soda con mucho hielo.
—No sé por qué sigo asistiendo a estos eventos —farfulló.
Tenía acento de la costa atlántica, del centro; el hombre era alto y delgado, de pelo rojizo y algo calvo. Por la piel floja del cuello juzgó que tendría algo más de cincuenta años, aunque aparentaba algunos menos. Rebus no sabía qué decirle y guardó silencio. Le trajeron la soda, se la bebió de un trago y pidió otra.
— ¿Quiere una? —ofreció.
—No, gracias.
El sediento advirtió que Rebus no llevaba la tarjeta de identificación con la foto.
— ¿Es usted delegado? —preguntó.
—Observador.
— ¿Periodista?
Rebus volvió a negar con la cabeza.