Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
El aparcamiento del Centro de Congresos estaba lleno de modelos de altos ejecutivos: Mercedes, BMW, Jaguar y algún que otro Bentley y Rolls Royce. Un tropel de chóferes fumaba cigarrillos mientras se contaban anécdotas.
—Cara al público, habría quedado mejor si todos hubiesen acudido en bicicleta —comentó Rebus al ver una manifestación ante la cúpula prismática de acceso al congreso.
Del tejado colgaba una gigantesca bandera blanca que decía en letras verdes: ¡NO MATÉIS LOS MARES! Desde arriba los de seguridad intentaban quitarla sin perder el equilibrio ni la dignidad. Una voz dirigía las protestas desde un megáfono. Muchos de los que protestaban lucían equipo completo de combate con capucha antirradiactiva, había otros vestidos de sirenas y sirenos, amén de una ballena hinchable, a la que, por impulso del viento, poco faltaba para soltar sus amarres. Policías de uniforme patrullaban por la zona, comunicándose a través de pequeños aparatos de radio. Rebus pensó que no andaría lejos algún furgón con la artillería pesada: escudos antidisturbios, cascos y porras estilo norteamericano... Aunque, de momento, no parecía esa clase de demostración.
—Tendremos que pasar por en medio —dijo Minchell—. Es lamentable. Con los millones que gastamos en protección ambiental... Yo hasta soy miembro de Greenpeace, de Oxfam. Pero todos los putos años sucede lo mismo.
Cogió la cartera y el móvil, conectó el dispositivo de cierre de control remoto, la alarma, y se encaminaron hacia la puerta.
—Le haría falta una tarjeta de identificación de delegado. Pero no creo que pase nada —comentó.
Estaban ya a dos pasos de la manifestación. La música difundía por megafonía una canción sobre las ballenas y Rebus reconoció el estilo de los Dancing Pigs. Se abalanzaron sobre él para darle octavillas; cogió una de cada y dio las gracias. Justo delante de él una joven paseaba como un leopardo enjaulado. Era la encargada del megáfono, su voz nasal tenía acento norteamericano.
—Las decisiones que se adopten en el presente afectarán a nuestros hijos y nietos. ¡El futuro no tiene precio! ¡Demos prioridad al futuro por el bien de todos!
Cuando Rebus pasó por delante la miró. Una expresión neutra sin odio ni desdén; era su trabajo. Llevaba el pelo decolorado y descuidado con trencitas brillantes, una de las cuales le caía sobre la frente.
— ¡Matad los océanos y mataréis el planeta! ¡La madre tierra es más importante que el dinero!
Antes de llegar a la entrada Rebus ya estaba convencido.