Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Encontrar Dyce fue fácil, no tuvo más que seguir los indicadores hasta el aeropuerto. Naturalmente, vio helicópteros. La zona del aeropuerto era una mezcla de terrenos agrícolas, hoteles nuevos y polígonos industriales. La sede de T—Bird Oil era un modesto hexágono de tres plantas, casi enteramente de vidrio tintado, con su aparcamiento delante y jardines de diseño con un camino que serpenteaba hasta la entrada. A lo lejos no paraban de despegar y aterrizar aviones.
La recepción era grande y luminosa. En unas vitrinas se veían maquetas de los campos petrolíferos del mar del Norte y de plataformas de extracción de T—Bird Oil. Bannock era la mayor y más antigua. Un autobús miniatura de dos pisos parecía a su lado una hormiga. En las paredes, enormes fotos en color y una panoplia de trofeos. La recepcionista le dijo que le esperaban y que tomase el ascensor a la primera planta. Recordó la escena en el exiguo ascensor de casa de Alian Mitchison, con Bain tapando el espejo. Se metió en la boca un caramelo de menta.
Le aguardaba una chica preciosa que le invitó a seguirla. No se hizo de rogar. Cruzaron una gran planta de oficinas con sólo la mitad de los escritorios ocupados y televisores conectados al servicio teletexto, a los índices de las acciones y a la CNN. Continuaron por un corredor más tranquilo y de mullida alfombra. En la segunda puerta, que estaba abierta, la joven le indicó que pasase.
Vio en la puerta el nombre de Stuart Minchell y supuso que era él quien se levantaba para saludarlo y darle la mano.
— ¿Inspector Rebus? Encantado, finalmente, de conocerle.
Era cierto eso de que es difícil adivinar la cara y el porte de un individuo por la voz. Minchell hablaba con autoridad, pero no tendría más de veinticinco años. De cara lustrosa y mejillas rubicundas, llevaba el pelo corto peinado hacia atrás, usaba gafas de montura metálica y sus cejas eran negras y espesas, lo que confería a su rostro cierto aire de pícaro. Además, exhibía unos tirantes rojos. Al girarse un poco, Rebus advirtió que llevaba una pequeña cola de caballo.
— ¿Café o té? —preguntó la joven.
—No hay tiempo, Sabrina —dijo Minchell, abriendo los brazos en dirección a Rebus, excusándose—. Ha habido cambios, inspector, y tengo que asistir a un congreso sobre el mar del Norte. Traté de localizarle para advertírselo.
—No pasa nada.
«Mierda —pensó Rebus—, si ha llamado a Fort Apache ya saben dónde estoy.»
—He pensado que podemos ir en mi coche y así hablamos durante el trayecto. Cosa de media hora. Si nos queda algo pendiente ya lo resolveremos más adelante.
—Muy bien.
Minchell se puso la chaqueta.
—Documentos —le dijo la secretaria.
—Positivo —dijo él, recogiendo media docena y guardándolos en la cartera.