Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Tarjetas de visita.
Abrió la agenda.
—Positivo.
—Móvil.
Se palpó el bolsillo y asintió con la cabeza.
— ¿Está listo el coche?
Sabrina dijo que iba a comprobarlo y buscó su móvil.
—Podríamos esperar abajo —dijo Minchell.
—Positivo —dijo Rebus.
Aguardaron el ascensor y al llegar éste vieron que iba ocupado por dos personas, aunque había sitio. Minchell vaciló y pareció que iba a esperarse, pero siguió a Rebus, que ya había entrado, y dirigió una leve inclinación de cabeza al mayor de los hombres.
Rebus observó la escena por el espejo y vio que el anciano no le quitaba ojo de encima. Llevaba el pelo largo blancoamarillento peinado hacia atrás por detrás de las orejas, vestía un traje cedido en las rodillas y apoyaba sus manos en un bastón de empuñadura de plata. Parecía un personaje de Tennessee Williams con aquel rostro cincelado y ceñudo y el porte tieso pese a la edad. Rebus bajó la vista y vio que calzaba unas zapatillas deportivas muy usadas. El hombre se sacó un taco de notas del bolsillo, escribió algo sin soltar el bastón y se lo pasó al otro, quien lo leyó y asintió con la cabeza.
El ascensor se detuvo en la planta baja y Minchell prácticamente contuvo a Rebus para que cediera el paso a los otros. Rebus los vio dirigirse a la puerta del edificio, al tiempo que el que llevaba la nota se acercaba a recepción a hacer una llamada. Afuera esperaba un Jaguar rojo con chofer de librea que abrió la portezuela de atrás al anciano personaje.
Minchell se pasó la mano por la frente.
— ¿Quién era ése? —preguntó Rebus.
—El mayor Weir.
—Si lo llego a saber le habría preguntado por qué no dan ya bonospremio al repostar gasolina.
Minchell no estaba para bromas.
— ¿Y eso de la nota...? —inquirió Rebus.
—El mayor habla poco. Prefiere comunicarse por escrito. —Rebus se echó a reír—. Hablo en serio —añadió Minchell—, no le habré oído decir más de media docena de palabras en todo el tiempo que llevo aquí.
— ¿Le pasa algo en la voz?
—No, en absoluto; algo cascada, pero normal. Lo que sucede es que tiene acento norteamericano.
— ¿Y?
—Que le gustaría ser escocés.
Ya había arrancado el Jaguar cuando se dirigieron al aparcamiento.
—Está obsesionado con Escocia —prosiguió Minchell—. Sus padres eran escoceses que emigraron a Norteamérica y cuando él era niño le contaban historias del «viejo país», que le causaron una impresión imperecedera. Aquí pasará por lo menos una tercera parte del año, dado que T—Bird Oil es una red mundial, pero se le nota que detesta salir de Escocia.
— ¿Algo más que pueda interesarme?
—Que es un abstemio empedernido: un empleado que huela a alcohol, y a la calle.
— ¿Está casado?