Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Sí, me consta que el DIC de Edimburgo requirió información sobre él, pero a mí no me suena; lo siento. Normalmente se habría encargado de recibirle el oficial de enlace con las petroleras, pero está de permiso y yo le sustituyo. Así que seré su cicerone mientras se quede con nosotros. Bienvenido a la Ciudad de Plata —añadió sonriente.
Plata por el río Dee que la surca. Plata por el color de los edificios bañados por el sol que confiere al granito esa tonalidad.
Lumsden se lo fue explicando durante el trayecto en coche hacia Union Street.
—Otro mito de Aberdeen es que la gente es tacaña —dijo—. Ya vera usted lo que es Union Street un sábado por la tarde. Seguro que es la zona comercial más concurrida del Reino Unido.
Lumsden vestía un blazer azul con relucientes botones de latón, pantalón gris y mocasines negros, con una elegante camisa azul de rayas blancas y corbata color rosasalmón. Era un hombre de metro ochenta y cinco, enjuto y fuerte, con el pelo rubio corto, lo que resaltaba las entradas de su frente. Sus ojos eran un poco amarillentos, con un iris azul intenso. No llevaba alianza. Aparentaba entre treinta y cuarenta años. Rebus no acababa de localizar su acento.
— ¿Es usted inglés? —preguntó.
—De Gillingham —respondió Lumsden—. Mi familia cambió de domicilio varias veces. Mi padre era de la policía. Ha acertado mi deje a la primera; casi todo el mundo piensa que soy escocés.
Rebus le dijo que se quedaría al menos una noche.
—Ningún problema —dijo Lumsden—. Conozco un hotel como Dios manda.
Se dirigieron a un hotel situado en Union Terrace, enfrente del parque, y Lumsden le indicó que aparcase a la puerta. Sacó una tarjeta del bolsillo y la puso sobre el salpicadero: POLICÍA DE GRAMPIAN. ASUNTO OFICIAL. Rebus cogió el equipaje del maletero pero Lumsden se empeñó en llevarlo él y se ocupó igualmente de los trámites en recepción. Un mozo se hizo cargo de la maleta y Rebus le siguió hacia la escalera.
—Mire la habitación, a ver si le gusta. Yo le espero en el bar —dijo Lumsden.
La habitación estaba en el primer piso y tenía unas ventanas altísimas con vistas al parque. Hacía un calor insoportable y el mozo corrió las cortinas.
—Cuando hace sol siempre pasa igual —dijo.
Rebus echó un vistazo al cuarto.
Probablemente era la mejor habitación de hotel en que había estado. El mozo le observaba.
— ¿Y champán no?
El mozo no captó el chiste y Rebus se limitó a darle una libra de propina. El hombre le puso al corriente del funcionamiento, servicio de habitación, restaurante y otros detalles, y le entregó la llave. Rebus volvió a bajar con él.