Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Y a medio camino entre el Infierno y Eldorado se situaba algo parecido a la verdad, siempre menos interesante que los mitos. El nordeste había prosperado gracias al petróleo y casi sin traumatismos, pues, a semejanza de Edimburgo, no se había permitido que el desarrollo comercial destrozara en exceso el centro de la ciudad. Pero en los alrededores proliferaban las viviendas tipo colmena y las naves industriales, muchas de éstas con nombres relacionados con el petróleo marítimo: OnOff, Grampian Oil, PlatTech...
Sin embargo, antes de llegar a todo eso había un maravilloso viaje en coche. Se mantuvo en la carretera de la costa el mayor tiempo posible, reflexionando sobre la mentalidad de una nación que construye un campo de golf al borde de un acantilado. En un alto que hizo en una gasolinera compró un mapa de Aberdeen para mirar dónde estaba la jefatura de policía de Grampian. Queen Street, en pleno centro. Esperaba que el sistema de tráfico de una sola dirección no fuese un problema. Puede que hubiera estado en Aberdeen seis veces, tres de ellas cuando era niño. Pese a ser una ciudad moderna, él seguía burlándose de ella como muchos de las Lowlands: llena de palurdos y destripaterrones, con un modo de hablar que daba risa. Pero para los de Aberdeen era la «ciudad de granito». Rebus sabía que tendría que andarse con cuidado en cuanto a burlas e ironías.
Cerca del centro había un embotellamiento que le vino de perlas para mirar el mapa y el nombre de las calles. Encontró Queen Street y aparcó, entró en la jefatura y dio su nombre.
—Antes hablé por teléfono con el agente Shanks.
—Voy a preguntar en el DIC —replicó la agente uniformada de recepción, diciéndole que tomara asiento.
Sólo por la mirada podía distinguir a los delincuentes de los policías de la secreta. Dos de ellos, jóvenes, hacían gala del bigote distintivo del departamento, poblado pero bien recortado, para parecer mayores. Frente a él, un grupo de jovenzuelos de aspecto sumiso, cara saludable y pecosa y labios pálidos, pero con un brillo peculiar en los ojos. Dos rubios y otro pelirrojo.
— ¿Inspector Rebus?
Estaba de pie a su derecha, seguramente desde hacía un par de minutos. Se levantó y se estrecharon la mano.
—Soy el sargento Lumsden. El agente Shanks me pasó su mensaje. Un asunto relacionado con una empresa petrolera, ¿no es eso?
—Cuya sede está aquí. Uno de sus empleados salió volando por una ventana de una casa en Edimburgo.
— ¿Se tiró?
Rebus se encogió de hombros.
—Había alguien más. Entre ellos un delincuente conocido como Anthony Ellis Kane. Me han informado que opera por la zona.
Lumsden asintió con la cabeza.