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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Hacía un par de años que Rebus no volvía a Aberdeen, y en aquella ocasión estuvo sólo una tarde visitando a una tía suya que ya había fallecido; y él sin enterarse. La mujer vivía cerca del estadio Pittodrie en una casa rodeada de nuevas edificaciones. Ya no debía de existir. Casi seguro que la habrían demolido. Pese a la asociación de ideas Aberdeengranito, la ciudad evocaba para él lo efímero. En la actualidad casi toda su riqueza procedía del petróleo, pero éste no iba a durar siempre. Rebus, criado en Fife, había vivido un proceso similar con el carbón: no habían hecho previsiones para el futuro cuando se agotase. Acabado el carbón, se acabó la esperanza.

Lo mismo había ocurrido en Linwood, Bathgate y el Clyde: no escarmentaban.

Recordaba los primeros años del petróleo, las voces de los que acudían de las Lowlands al norte en busca de empleos duros y buenos sueldos: obreros sin trabajo de los astilleros y las metalúrgicas, gente recién salida de la universidad y estudiantes. Aberdeen era el Eldorado de Escocia. Los sábados por la tarde, te sentabas en un pub de Edimburgo o de Glasgow, abrías un periódico por la sección de carreras de caballos y era como si vieras tus sueños correr ilustrando fabulosas escapadas. Entonces había empleo de sobra, era un Dallas en ciernes que desbordaba el núcleo de un puerto pesquero. Un portento, algo increíble. Mágico.

La gente que seguía la serie de J. R. fantaseaba sin dificultad sobre algo similar en la costa nordeste. Hubo una invasión de norteamericanos, y los peones americanos —matones, pendencieros— no querían una ciudad marítima tranquila e independiente, sino armar jaleo, y por ahí empezó todo. A partir de entonces, las historias de Eldorado fueron convirtiéndose en relatos muy distintos: burdeles, matanzas, peleas de borrachos. La corrupción lo invadía todo, había millones de dólares en juego y los lugareños lamentaban la invasión del mismo modo que se beneficiaban del dinero y el trabajo. Para la clase trabajadora que vivía al sur de Aberdeen era como el verbo hecho carne, y no sólo un mundo de hombres sino un mundo de hombres duros en el que el respeto se obtenía con y por dinero. En cosa de semanas cambiaban, y se marchaban desengañados, rezongando sobre la esclavitud, los turnos de doce horas y la pesadilla del mar del Norte.