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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Eres de lo más zalamero, inspector Rebus.

—Ya. ¿Qué habéis descubierto sobre Fergie?

—El cuaderno de notas está en Howdenhall, pero todavía no hay resultados. Un equipo del forense irá hoy a la casa para comprobar si hay huellas y todo lo demás. Han preguntado por qué les enviábamos.

— ¿Y se lo explicaste?

—Impuse mi rango. Al fin y al cabo para eso está.

Rebus sonrió.

— ¿Y el ordenador?

—Volveré esta tarde a examinar los disquetes. Preguntaré también a los vecinos por visitantes, coches raros, etc.

— ¿Y el local del negocio de Fergie?

—Dentro de media hora voy a la tienda. ¿Qué tal lo voy haciendo?

—De momento, no me puedo quejar.

—Vale.

—Ya te llamaré para ver cómo van las cosas.

—Te noto raro.

— ¿Raro, cómo?

—Como si estuvieras tramando algo.

—No soy de ésos. Adiós, Gill.

Siguiente llamada: a Fort Apache, línea directa al «cobertizo». Contestó Maclay.

—Hola, Heavy. ¿Tengo algún mensaje?

— ¿Alguno? Voy a tener que coger el teléfono con manoplas de amianto.

— ¿Del inspector jefe Ancram?

— ¿Cómo lo has adivinado?

—Percepción extrasensorial. He estado intentando localizarle.

— ¿Pero dónde estás?

—En cama. Con gripe o algo.

—No lo parece por la voz.

—Afronto la situación.

— ¿Estás en casa?

—En la de una amiga que me cuida.

— ¿Ah, sí? Cuenta, cuenta.

—Ahora no, Heavy. Escucha, si vuelve a telefonear Ancram...

—No te quepa duda.

—Dile que intento localizarle.

— ¿Tiene teléfono tu abnegada enfermera?

Pero Rebus ya había colgado. Llamó a su piso para comprobar si el contestador aún funcionaba después de los malos tratos. Tenía dos mensajes: ambos de Ancram.

—Por favor —rezongó alucinado.

Terminó el café, se comió el bizcocho y permaneció sentado mirando los tambores de las lavadoras. Era como si su cabeza estuviera dentro de una de ellas mirando hacia fuera.

Hizo otras dos llamadas —a T—Bird Oil y al DIC de Grampian— y decidió acercarse en un momento a casa de Brian Holmes, con la esperanza de no encontrarse con Nell. Era una casa adosada estrecha, de dos plantas, bastante grande para una pareja. Delante tenía su jardincito, penosamente abandonado, y flanqueando la puerta dos sedientas macetas colgantes. Y él convencido de que a Nell le gustaban las plantas.

No contestaban. Se acercó a la ventana a mirar. No tenía visillos; en la actualidad había parejas jóvenes que no se preocupaban de eso. Parecía que hubiera estallado una bomba en el cuarto de estar: el suelo lleno de periódicos y revistas, envoltorios de comestibles, platos y tazas y jarras de cerveza vacías, la papelera a rebosar de latas de cerveza. El televisor transmitía un culebrón matinal con una pareja bronceada mirándose a los ojos. Sin oírlos parecían más convincentes.

Decidió preguntar en la casa contigua. Le abrió un niño.

—Hola, vaquero, ¿está tu mamá?