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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

— ¿Qué sintió al saber que Lawson Geddes se había suicidado?

Ante tal pregunta, Rebus miró hacia Kayleigh Burgess, quien tuvo la delicadeza de bajar la vista. Estaba ya a medio camino de la entrada, a pocos pasos del portal, pero rodeado de periodistas. Se detuvo y les hizo frente.

—Señoras y caballeros de la prensa, tengo una declaración que hacer.

Se miraron unos a otros, con gesto de sorpresa, y apuntaron hacia él las grabadoras. Un par de periodistas veteranos, que ya estaban acostumbrados a perder el tiempo, cogieron bolígrafo y cuaderno sin gran entusiasmo.

El rumor de voces decayó. Rebus alzó el paquete de patatas fritas.

—En nombre de los escoceses adictos a las patatas fritas, quisiera darles las gracias por proveernos de envoltorios.

Antes de que pudieran reaccionar ya estaba dentro.

En el piso, sin encender las luces, fue a la ventana del cuarto de estar para observarles. Algunos meneaban la cabeza sin salir de su asombro, otros llamaban por el móvil consultando con la redacción y un par iban hacia sus coches. Eamonn Breen hablaba con el operador de la cámara con aire pretencioso, como de costumbre. Uno de los más jóvenes alzó dos dedos por detrás de la cabeza del presentador.

Miró enfrente y vio a un hombre al lado de un coche, con los brazos cruzados. Miraba sonriente hacia su ventana. Alzó los brazos y le dirigió un silencioso aplauso para montar acto seguido en el coche y arrancar.

Jim Stevens.

Giró sobre sus talones y encendió el flexo, se sentó en el sillón y se puso a comer patatas fritas. Pero no tenía mucho apetito. Se preguntaba cómo habría llegado la noticia a los buitres. Había hablado con el subdirector por la tarde, y no se lo había comentado más que a Brian Holmes y a Gill Templer. El contestador parpadeaba furioso: cuatro mensajes. Probó a accionarlo sin el manual y logró que funcionase, para su gran satisfacción, hasta que oyó el deje de Glasgow.

—Inspector Rebus, soy el inspector jefe Ancram. —El tono era cortante y formal—. Es para decirle que seguramente llegaré a Edimburgo mañana para iniciar la investigación; cuanto antes empecemos, antes acabaremos. Es lo mejor para todos, ¿no le parece? Le dejé un mensaje en Craigmillar para que me llamase, pero por lo visto no ha ido usted por allí.

—Gracias y buenas noches —gruñó Rebus.

Bip. Segundo mensaje.

—Inspector, soy yo otra vez. Sería muy conveniente saber dónde va a estar, en términos generales, durante la semana que viene y así aprovecho el tiempo al máximo. Si puede hacerme por escrito un resumen lo más pormenorizado posible se lo agradecería.