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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Entraron en la sala de estar, atiborrada de muebles y cachivaches, algunos modernos y otros que parecían herencia de familia. Pero, pese al exceso de objetos, era una pieza limpia, sin polvo y con alfombras caras, no precisamente de ocasión.

—Suponiendo que alguien viniera a verle —dijo Gill—, quizá deberíamos buscar huellas.

—Por supuesto. Que mañana sea lo primero que hagan.

—Como usted diga, señor.

—Perdone usted, señora —replicó él, sonriendo.

Recorrieron atentos la estancia con las manos en los bolsillos, reprimiendo la poderosa tentación de tocar los objetos.

—No hay señales de forcejeo y no parece que hayan tocado nada.

—Estoy de acuerdo.

Después de la sala de estar había un corto pasillo que conducía a un dormitorio de invitados y a lo que probablemente había sido el salón de visitas y que Fergus McLure había transformado en despacho. Había papeles por todas partes y una mesa de comedor plegable con un ordenador nuevo.

—Me imagino que alguien tendrá que mirar eso —dijo Gill, con ganas de hacerlo ella.

—Detesto los ordenadores —comentó Rebus.

Vio un grueso taco de notas junto al teclado y sacó una mano del bolsillo para cogerlo por los bordes y mirarlo a la luz. El papel conservaba marcas de la última hoja anotada. Gill se acercó a verlo.

— ¡No me digas!

—Casi no se lee, y no creo que sirva de nada el truco de rayarlo con lápiz.

Se miraron el uno al otro pensando lo mismo.

—Howdenhall.

— ¿Miramos ahora la papelera? —dijo ella.

—Hazlo tú; yo voy arriba.

Rebus volvió al recibidor y vio otras puertas que fue abriendo: una cocina no muy grande, anticuada, fotos de familia en la pared; un aseo y un trastero. Subió a la otra planta por una escalera de mullida alfombra que silenciaba sus pasos. Era una casa tranquila, y le daba la impresión de que siempre había sido así pese a habitarla McLure. Otro dormitorio de invitados, un cuarto de baño amplio —sin modernizar, igual que la cocina— y el dormitorio principal. Miró en los lugares de rigor: bajo la cama, colchón y almohadillas; mesillas, cómoda y armario. Estaba todo rigurosamente ordenado: los jerséis perfectamente doblados y por colores, zapatillas y zapatos en hilera, los marrones a un lado, los negros, a otro. Había una pequeña librería con una colección anodina sobre alfombras y arte oriental y un volumen con fotografías de los viñedos de Francia.

Una vida sin complicaciones.

A no ser que los trapos sucios de Feardie Fergie estuvieran en otra parte.

— ¿Has visto algo? —preguntó Gill desde el pie de la escalera.

Rebus salió al descansillo.

—No, pero que alguien eche un vistazo al local de su negocio.

—Mañana a primera hora.

— ¿Y tú? —dijo Rebus, ya abajo.