Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Gill hizo las llamadas pertinentes y tomaron café hasta que llegó un agente con las llaves recién recogidas del depósito de cadáveres. Hasta ese momento ella le había estado preguntando sobre el caso Spaven, pero Rebus se limitaba a responder con evasivas. Hablaron también de Johnny Biblia, de Alian Mitchison... Sólo conversaron sobre trabajo, lejos de cualquier asunto personal. Pero hubo un momento en que se miraron a los ojos, sonriéndose uno a otro, conscientes de que los interrogantes estaban en el aire aunque los callaran.
—Bien —dijo Rebus—, ¿qué sabes?
— ¿De la información que me dio McLure? —Suspiró—. Con eso no vamos a ninguna parte. Era demasiado vaga... Sin nombres, ni detalles, ni fecha concreta... Nada.
—Bueno, a lo mejor... —dijo Rebus, agitando las llaves en la mano—. Depende de si quieres ir a fisgar o no.
Las aceras de Ratho eran estrechas y Rebus iba por la calzada al lado de Gill. Caminaban en silencio; no había necesidad de hablar. Era la segunda vez que se veían, y Rebus se sentía a gusto con ella pero manteniendo las distancias.
—Éste es su coche.
Gill dio una vuelta alrededor del Volvo mirando por los cristales. En el salpicadero parpadeaba una lucecita roja: la alarma automática.
—Tapizado de cuero. Parece recién comprado.
—El típico coche de Feardie Fergie: bonito y seguro.
—No sé qué decirte —replicó ella pensativa—, es la versión turbo.
Rebus no se había percatado. Pensó en su viejo Saab.
—Es extraño —Se dirigieron a la casa. Abrieron con un llavín y una Yale de seguridad. Rebus dio la luz del recibidor.
— ¿Sabes si alguien de los nuestros ha estado aquí antes? —inquirió.
—Somos los primeros, que yo sepa. ¿Por qué?
—Por hacer conjeturas. Supongamos que tuvo una visita y le metieron miedo, que le invitaron a dar un paseo...
— ¿Y?
—Pues que él aún tuvo la entereza de cerrar la puerta con las dos llaves. Luego no estaba tan asustado...
—O quien estuvo aquí la cerró de ese modo, suponiendo que era lo que McLure hacía normalmente.
Rebus asintió con la cabeza.
—Otra cosa: el sistema de alarma —agregó, señalando un cajetín en la pared con una lucecita verde encendida—. No está conectado. Si tenía prisa, pudo olvidársele. Pero si pensó que no iba a volver con vida, ni se preocuparía.
—Tampoco se habría preocupado de haber salido a dar un paseo.
Sí, Gill tenía razón.
—Conclusión: el que cerró la puerta con dos llaves se olvidó de la alarma o no reparó en ella. Es decir, cerrar con dos llaves y dejarse la alarma desconectada no cuadra. Y una persona como Fergie, que conduce un Volvo, debe de ser consecuente.
—Bueno, vamos a ver si hay algo que valga la pena.