Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Ninguna pista en el caso de Alian Mitchison; la policía local había interrogado al director del orfelinato. La comprobación de la cuenta bancaria no había revelado nada. Nada por parte del DIC de Aberdeen respecto a Tony El. Entró un agente trayéndole un paquete con sello de Correos de Aberdeen y remite de T—Bird Oil. Lo abrió. Publicidad con una nota de cortesía de Stuart Minchell, Departamento de Personal, media docena de folletos bien maquetados y en papel satinado, mucha fotografía y pocos datos. Rebus, autor de miles de informes, reconocía la paja. Minchell le adjuntaba un ejemplar de T—BIRD OIL ROMPE EL EQUILIBRIO, idéntico al que llevaba Mitchison en la mochila. Lo abrió, miró el mapa de la zona de Bannock, representada sobre la cuadrícula topográfica con el área que ocupaba. Una nota explicando que el mar del Norte había sido dividido en casillas de cien millas cuadradas sobre las cuales las petroleras habían presentado sus ofertas para obtener concesiones de prospección. Bannock estaba en el linde de aguas internacionales, y aunque unas millas más al este había otras bolsas de petróleo, era ya en aguas noruegas.
«Bannock será el primer yacimiento de T—Bird Oil sujeto a un estricto desmantelamiento», leyó. Al parecer había siete opciones, desde dejarlo tal como estaba hasta un desmantelamiento integral. La «modesta propuesta» de la empresa era dejar la estructura y aparcar el tema para más adelante.
«Ah, sorpresa —dijo Rebus para sus adentros, al leer—: si se dejaba aparcado habría fondos para futuras prospecciones y desarrollo.»
Guardó los folletos en el sobre y los metió en el cajón para seguir con el papeleo. Debajo del montón había un fax; era de Stuart Minchell, remitido la víspera a las siete de la tarde: más detalles sobre los dos compañeros de trabajo de Alian Mitchison. El que trabajaba en el terminal de Sullom Voe se llamaba Jake Harley y estaba de vacaciones en las Shetland haciendo senderismo y algo de ornitología, por lo que seguramente no se habría enterado aún del fallecimiento de su amigo. El que trabajaba en el mar se llamaba Willie Ford y cumplía el período de trabajo de dieciséis días y, «naturalmente», se habría enterado.
Cogió el teléfono, sacó del cajón la nota de cortesía de Minchell, miró el número y marcó las cifras. Era temprano. Daba igual...
—Personal.
—Stuart Minchell, por favor.
—Al habla.
Premio: Minchell era un hombre de empresa madrugador.
—Señor Minchell, soy el inspector Rebus.
—Inspector, tiene suerte de que haya contestado al teléfono. Generalmente dejo que suene, pues es la única manera de sacar adelante algo de trabajo antes de que empiecen las prisas.