Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Por los periódicos que había allí cerca, la clientela eran tipógrafos y jefes de sección y no faltaban las primeras ediciones con tinta aún fresca. Eso sí, aunque hubiese un periodista tomándose una copa, nadie le molestaba preguntándole por una noticia: era una regla implícita que todos respetaban.
Aquella mañana había tres quinceañeros sentados a una mesa, más bien desmoronados en sus asientos sin apenas tocar sus bebidas. Por lo desaliñados y su cara de sueño, Rebus comprendió que era la etapa final de una jornada de veinticuatro horas ininterrumpidas de alcohol. De día resultaba fácil: comenzabas a las seis de la mañana —en algún sitio como aquél— y hasta medianoche o la una había pubs abiertos. Después, el recurso obligado eran los clubes y casinos, y el maratón concluía en una pizzería de Lothian Road, abierta hasta las seis, donde se tomaba la última copa.
La barra estaba tranquila: ni televisor ni radio, y la máquina tragaperras permanecía desenchufada. Era otra regla implícita: a cierta hora del día, allí sólo se iba a beber. Y a leer los periódicos. Rebus se echó un poco de agua en el whisky y, junto con un diario, se lo llevó a una mesa. Los cristales dejaban ver un sol rosado en un cielo lechoso. Había sido un buen paseo; le gustaba aquella hora tranquila de la ciudad: taxis y madrugadores, primeros paseantes de perros y aire claro, limpio. Pero con la noche aún pegada: un cubo de basura tirado, un banco de los Meadows con el respaldo roto, conos de tráfico sobre las marquesinas de las paradas de autobús. En el bar sucedía lo mismo: el aire viciado de la noche no se había disipado del todo. Encendió un cigarrillo y se puso a leer el periódico.
Le llamó la atención un artículo en las páginas centrales. En Aberdeen se celebraba un congreso internacional sobre polución marina y el papel de la industria petrolera, al que asistían delegados de dieciséis países. Y un recuadro dentro del artículo: la zona de extracción de gas y petróleo en Bannock, ciento cincuenta kilómetros al nordeste en Shetland, estaba en las últimas de su «vida económica útil» y faltaba poco para que expirara la concesión. A los ecologistas les preocupaba el destino de la plataforma principal de extracción de Bannock, una estructura de hormigón y acero de doscientas mil toneladas, y pedían que la empresa propietaria, T—Bird Oil, dijera qué pensaba hacer con ella. Amparándose en la ley, la empresa había presentado a la subsecretaría de Petróleo y Gas del Ministerio de Industria y Comercio un Programa de Abandono cuyo contenido no se había hecho público.