Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Una valla alta de tela metálica rodeaba la empresa. Había estado veinte minutos dando vueltas y preguntando hasta dar con ella. No estaba cerca del muelle como él esperaba, sino al principio de un polígono industrial de las afueras. Encontró la entrada cerrada. Hizo sonar el claxon. Había una caseta con luz pero no veía a nadie. Detrás de las puertas había unos guardabarreras pintados de rojo y blanco. Enfocó los faros y vio que se acercaba parsimoniosamente un vigilante uniformado. Dejó el motor en marcha y se dirigió a las puertas.
— ¿Qué pasa? —dijo el vigilante.
Rebus acercó su placa de identificación a la alambrada.
—Policía. Necesito la dirección particular de un empleado.
— ¿Y no puede esperar a mañana?
—Me temo que no.
El vigilante, sesentón, con edad de jubilarse y protuberante barriga, se restregó la mejilla.
—Pues, no sé —replicó.
—Escuche. ¿A quién llama en caso de urgencia?
—A mi oficina.
— ¿Y ellos se ponen en contacto con alguien de la empresa?
—Supongo. No lo he tenido que hacer nunca. Hace meses unos críos intentaron saltar la valla, pero...
— ¿Puede telefonear?
—... me oyeron y echaron a correr. ¿Qué?
—Si puede telefonear.
—Supongo que sí, si es urgente...
El hombre echó a andar hacia la garita.
— ¿Y ya que está, me deja entrar? Después tengo que usar el teléfono.
El vigilante se rascó la cabeza, murmuró algo y sacó unas llaves del bolsillo, dirigiéndose a las puertas.
—Gracias —dijo Rebus.
Había poca cosa en la caseta. Una tetera, un vaso, café y un tarro con leche en una bandeja oxidada. Una estufa eléctrica, dos sillas y una novela del Oeste en la mesa. Rebus cogió el teléfono y explicó al jefe del vigilante de qué se trataba y éste pidió hablar con él.
—Sí, señor, con identificación —dijo el hombre, que miraba a Rebus como si fuese el jefe de una banda de atracadores.
Volvió a pasarle el auricular y el de la empresa de seguridad le dio el número que quería. Rebus marcó y esperó.
—Diga.
— ¿Señor Sturges?
—Al habla.
—Mire, lamento molestarle a estas horas. Soy el inspector John Rebus y le llamo desde la entrada de su empresa.
—No me diga que han intentado robar. —Emitió un profundo suspiro diciéndose que iba a tener que vestirse y llegarse allá.
—No, señor, únicamente necesito unos datos sobre uno de sus empleados.
— ¿Y no puede aguardar a mañana?
—Me temo que no.
—Bien. ¿De quién se trata?
—De Ryan Slocum.
— ¿Ryan? ¿Qué sucede?
—Una enferma grave, señor —dijo Rebus valiéndose de la habitual mentira—. Una anciana pariente suya. Necesitan la autorización del señor Slocum para operar.
— ¡Santo cielo!
—Por eso es urgente.