Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Hicieron un aterrizaje de emergencia en Arden Street a la hora del desayuno, aunque ninguno de los dos tenía ganas de tomar nada. Rebus había cogido el volante en Dundee para que Jack echara una cabezada de una hora en el asiento trasero. Era como volver a casa después de una de aquellas noches dando vueltas en coche, con las calles tranquilas y los conejos y los faisanes en las granjas. El momento más limpio del día antes de que todos comenzasen a ensuciarlo otra vez.
Al abrir la puerta vio correo en el suelo, y en el contestador había tantos mensajes que la luz roja parecía fija.
—No se te ocurra largarte —dijo Morton antes de entrar en su habitación sin cerrar la puerta.
Rebus se preparó un café y se dejó caer en el sillón junto a la ventana. Las ampollas de las muñecas parecían urticaria y tenía la nariz taponada de sangre.
—Bueno —dijo mirando a los peatones—, salió mejor de lo que cabía esperar.
Cerró los ojos cinco minutos. El café estaba frío cuando volvió a abrirlos. Sonaba el teléfono y lo cogió antes de que saltara el contestador.
—Diga.
—El DIC se despierta. Es como una película de Ray Harryhausen. —Pete Hewitt de Howdenhall—. Escuche, no debería decírselo, pero oficiosamente...
— ¿Qué?
—Todos esos análisis forenses que le han hecho: nada. Supongo que se lo comunicarán oficialmente, pero pensé que le tranquilizaría.
—Ojalá pudieses, Pete.
— ¿Una mala noche?
—Otra más para la posteridad. Gracias, Pete.
—Adiós, inspector.
Rebus colgó y llamó a Siobhan. Salió el contestador. Dijo que estaba en casa y marcó otro número. En éste contestaron.
—Diga —contestó una voz somnolienta.
—Buenos días, Gill.
— ¿John?
—Vivito y coleando. ¿Qué tal ha ido?
—Interrogué a Malcolm Toal y creo que es un tesoro; bueno, cuando no se da cabezazos contra las paredes del calabozo, pero...
— ¿Pero?
—He pasado el caso a la brigada de allí. Al fin y al cabo, son los especialistas. —Tras un silencio—: ¿John? Escucha, lo siento si crees que me he rajado...
—No, si me estoy riendo, Gill. Has hecho bien. Tendrás tu parte de gloria y que ellos hagan el trabajo sucio. Vas aprendiendo.
—Será que tengo un buen maestro.
—No, qué va —replicó él riendo.
—John..., gracias... por todo.
— ¿Quieres que te diga un secreto?
— ¿Qué?
—Ya no bebo.
—Estupendo. Eso sí que es una sorpresa. ¿Cómo ha sido?
En ese momento entró Morton bostezando y rascándose la cabeza.
—He tenido un buen maestro —contestó colgando.
—He oído el teléfono —dijo Morton—. ¿Hay café?
—En la cafetera.
— ¿Quieres uno?
—Vale.