Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Me estaba preguntando cuánto iba a tardar en decidirse —dijo ella.
Rebus se acercó a la cama y ella le abrió los brazos. Estaba desnuda, cálida y perfumada. Él se sentó en la cama y le cogió las manos.
—Eve —dijo en voz baja—, antes de que se vaya debe hacerme un favor.
— ¿Sin contar éste? —replicó ella irguiéndose.
—Sin contar éste.
— ¿El qué?
—Quiero que telefonee a Judd Fuller y le diga que tiene que verle.
—No le busque las cosquillas.
—Ya lo sé.
Ella lanzó un suspiro.
—Pero no puede evitarlo. —Rebus asintió con la cabeza y ella le acarició la mejilla con el dorso de la mano—. De acuerdo, pero yo quiero un favor a cambio.
— ¿Cuál?
—Que se tome el resto de la noche libre —dijo atrayéndole hacia sí.
Se despertó solo en la cama de ella; ya era de día. Buscó con la mirada por si había dejado una nota, pero no había nada, claro. No era esa clase de mujer.
Volvió a su alcoba, echó el pestillo y apagó las luces. Llamaron a la puerta: sería Morton. Se puso los calzoncillos y el pantalón y estaba a punto de abrir cuando recordó algo. Fue hasta la cama, quitó las chocolatinas de la almohada y tiró de la manta y la sábana arrugándolas. Echó un vistazo y hundió una almohada como si fuese la huella de la cabeza. Abrió.
No era Morton, sino un camarero con una bandeja.
—Buenos días, señor. —Rebus se apartó dejándole paso—. Siento haberle despertado. La señorita Cudden dijo que llamase a esta hora.
—Ha hecho muy bien.
Miró cómo el hombre ponía la bandeja en la mesita al lado de la ventana.
— ¿Desea que la abra?
Se refería a la media botella de champán de la cubitera. Había un zumo de naranja natural, un vaso de cristal fino y un ejemplar doblado del Press and Journal. Y un esbelto jarroncito de porcelana con un clavel rojo.
—No —dijo Rebus cogiendo el cubo de hielo con la botella—. Esto puede llevárselo.
—Muy bien, señor. Si quiere firmarme...
Rebus cogió el bolígrafo que le prestaba y añadió una buena propina. El joven le obsequió con una amplia sonrisa que le hizo desear poder ser generoso todas las mañanas.
—Gracias, señor.
Cuando se fue, Rebus se sirvió un vaso de zumo. El zumo natural costaba una fortuna en el supermercado. Afuera las calles aún estaban húmedas y el día estaba muy nublado, pero daba la impresión de que el cielo sonreiría antes del mediodía. De Dyce despegó un avión, seguramente con destino a Shetland. Miró el reloj y llamó a la habitación de Morton. Éste contestó con un gruñido.
—El despertador —gorjeó Rebus.
—Vete a la mierda.
—Ven a tomar zumo de naranja y café.
—Cinco minutos.